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Dioses y Demonios

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Dioses y Demonios

Lo que se desea hacer

En el comienzo, los eventos que habían comenzado no eran de mi gran interés, ya que prefería evitar conflictos con entidades que van más allá de mi entendimiento. Los dioses de pronto dejaron de mostrar su presencia en el Midgard, era algo que podía notar. Los más poderosos sacerdotes de nuestras deidades perdieron sus favores, la naturaleza empezó a marchitarse y a morir, y otros sucesos de gran calamidad se extendieron por el mundo. Pero aun asi intenté mantenerme ajeno a los orígenes de estos problemas que nos afectaban a todos. No veía con malos ojos enfrentar el final que parecía estar muy próximo, mi vida ya había tomado un rumbo, el cual había deseado desde pequeño; me había logrado convertir en un guerrero hábil, tal vez no el mejor, pero lo suficientemente experimentado como para vivir de la senda de las aventuras y los viajes, así como también poder a enfrentar enemigos de los más peligrosos y diversos que hay en nuestro plano.

Aunque en esta ocasión, mi mente no se enfocaba en buscar una solución a las calamidades que tenían lugar a nuestro alrededor. Esa tarea, consideraba que era más sabio dejarla en manos de un grupo de personas capaces, y entre ellos había varios con los que ya había compartido mas de un viaje. Entre estos aventureros se encontraban héroes, mercenarios y personas a los que no logre conocer lo suficiente para entender sus ideales y objetivos. En cuanto a mi, no buscaba arriesgar mi vida en una misión que, a mi parecer, era suicida y sin sentido, no podía ver la profundidad de lo que estaba pasando y la importancia de la misión que este grupo intentaba cumplir. Tal vez si hubiera entendido mejor las cosas, habría ayudado desde el principio como ellos.

Por sobre todas las cosas, mis intereses y pensamientos eran con exclusividad entregados hacia dos personas: mis amigos, mi familia de distinga sangre, las primeras personas que conocí cuando abandone mi hogar en Gadelica, los elfos de la casa Elastriel; Verael y Sirail.

 Verael y Sirail Elastriel

 

Ellos que me enseñaron el camino de las aventuras, de los peligros, de la reflexión, de la amistad y de apreciar lo que los dioses nos brindan en nuestro camino para ayudarnos a crecer. Verael se volvió un hermano y maestro para mí, tanto para entender cosas de la vida misma, como así también un mentor en las armas. Junto a el aprendí a pulir mi propio estilo de combate. En cambio Sirail al principio era distante, e incluso parecía desagradarle mi simple existencia, pero en ella irradiaba, y aun lo hace, una gracia que poseen todos aquellos hijos de Frey y Freya. Con el tiempo logre ganarme su amistad, para más adelante conseguir su confianza y su amor,  y esto es de las cosas que más orgulloso estoy en mi vida, una vida la cual también se la debo, ya que si no fuera por ella, yo no hubiera sobrevivido a incontables batallas que enfrentaríamos juntos. Ellos fueron mis guías cuando comencé a dar mis pasos en un sendero en el que debía valerme por mí mismo, por lo que se volvieron personas muy importantes para mí. Y no importaba que pasara en un futuro, mis ideales eran y son esos, ser el guardián de los que una vez me protegieron, ayudar a los que me tendieron una mano desde el principio, dar mi vida si es necesario para defenderlos, así como lo indica la dogma del dios al que elegi seguir y basar muchos aspectos de mi vida. No desperdiciar la vida por cualquier cosa, pero proteger a los demás aun sacrificando tu propia vida si es necesario. Eso es lo que entendí con el tiempo, que era realmente lo deseaba hacer.

Aunque claro que, aun era muy joven y aunque respetaba mucho los dogmas de Tyr, no siempre pude seguirlas de la mejor manera, después de todo soy un humano, y nuestra raza es propensa a equivocarse y fallar en momentos flacos de convicción.

El tiempo y las desgracias se hicieron presentes en muchos rincones de Asgoria, hasta que finalmente llego el día en el que los aventureros que habían comenzado su campaña para devolver todo a la normalidad tuvieron éxito, si se podría decir así, ya que no todo resultó como ellos lo esperaban. Los dioses habían vuelto a brindar su favor mediante sus distintas formas en el Midgard, pero con un coste que también era muy alto. Siete sellos antiguos y poderosos, como una especie de portales hacia otros planos, fueron abiertos. Esto provoco que criaturas terribles provenientes de los abismos y de las cuales pocas personas tienen conocimiento, cruzaran con libertad esas barreras que separaban sus mundos del nuestro, algo que hasta ese entonces no tenía idea de que tanto afectaría en mi destino…

Criaturas de otros planos

Después de mis compañeros elfos, Verael y Sirail, Rhoran se convirtió en uno de mis amigos más cercanos, o al menos siempre lo he considerado así. En ese entonces era un joven humano, más o menos con la misma cantidad de inviernos en su espalda que yo. Ambos provenimos de la ciudad imperial del Oeste: Gadelica, pero nuestros caminos se vincularon en el Norte. Poco a poco fuimos forjando una amistad, como así también una cierta rivalidad en nuestra ambición por volvernos más hábiles en el arte de las batallas y las armas.

Ambos fuimos compañeros de aventuras, de entrenamientos, e incluso luchamos juntos bajo el estandarte de la Guardia Gris, y su capitán Beiron Dreed. Es por eso que en muchas ocasiones viajamos a distintos rincones del Norte con diferentes misiones y objetivos. Y esto nos llevó a uno de los sitios más recónditos e inhóspitos de las Montañas Vhaldem: El Claro del Norte.

Armas

El Claro del Norte debía gran parte de su fama a las leyendas de las criaturas no-muertas que habitan allí, leyendas que pudimos comprobar en anteriores expediciones a ese lugar. Enormes esqueletos de gigantes de dos cabezas, conocidos como Ettins, habitan y deambulan en aquel territorio, atacando sin piedad a todo aquel que se atreva a pisar ese suelo de nieve maldita.

Nuestras antiguas experiencias allí, enfrentando a estos Ettins Esqueléticos, al servicio de la Guardia Gris, nos habían dado la suficiente experiencia, fortaleza mental y física para poder hacerles frente a dichas criaturas. Después de un viaje de varios días entre las montañas, logramos encontrar el lugar que nos propusimos, aunque esta vez había algo que no esperábamos encontrar.

El terreno en el cual se podían ver a estos monstruos normalmente, estaba completamente vacío, y solo podíamos divisar una grieta en medio de toda la extensión. Una grieta en la nieve, como si de la trampa hacia un abismo se tratase, y de la cual se arrojaba al aire una niebla humeante que comenzaba a cubrir el lugar. Rhoran y yo nos acercamos hasta esa niebla, cuando comenzamos a sentir en nuestra piel y en nuestras almas que algo no marchaba bien. Una combinación de miedo, preocupación y peligro nos envolvía, algo que nunca habíamos enfrentado antes a tal punto, pero que en ese entonces hizo que nuestra valentía pendiera de un hilo. Avanzamos con cautela, intentando distinguir algo entre la niebla, pero en vez de eso logramos escuchar un llanto. Tal vez de una mujer, o tal vez una niña, eso es algo que no podíamos saber con seguridad. Intentamos acercarnos, pero cuando parecía que lograríamos descubrir la fuente de esos llantos y sollozos, un grito ensordecedor nos abatió, un grito casi inhumano el cual nos hizo retroceder y como acto seguido decidimos volver sobre nuestros pasos para regresar de inmediato a Mraganur.

Durante varios días, recorrimos las ciudades norteñas intentando buscar aventureros o sabios que tuvieran más experiencia en este tipo de asuntos muy poco habituales, o al menos supieran interpretar lo que sucedía en el Claro y para buscar la solución a una posible nueva amenaza. En esos días, intente repasar en mi mente cada detalle de lo que había sentido, por primera vez experimente un terrible temor al enfrentar algo que no había visto nunca, pero que pude percibir su presencia maligna mucho mas fuerte de lo que jamás había notado antes.

No fue fácil encontrar a alguien al que pudiéramos confiarle tal información, viajar demasiado lejos de Mraganur podía ser arriesgado por el tiempo que perderíamos y tal vez era tiempo con el que no contábamos hasta que la amenaza del Claro del Norte se hiciera presente. Pero tampoco era fácil hablar sobre esto en las civilizaciones norteñas, lugares donde la magia y las cosas sobrenaturales en general son repudiadas y castigadas, y casi siempre los que son descubiertos en asuntos arcanos no suelen quedar impunes. Por lo que no podíamos hablar sobre lo sucedido en el Claro con cualquier persona sin medir las consecuencias.

Finalmente, dimos con un grupo de personas interesadas en este asunto; un mago llamado Magus Vulpes, el cual parecía tener las herramientas y conocimientos suficientes para desentrañar lo que sucedía en las frías montañas, dos elfos bastante peculiares y distintos a la vez en sus orígenes, el cazarrecompensas Decard y el aventurero Weslei. Este grupo accedió a ayudarnos, cada quien con sus propias motivaciones. Por lo junto a nuestro nuevo grupo, partimos a otra expedición a las tierras frías e inhóspitas que cubren el Norte de Asgoria.

Desolado

El viaje emprendido fue largo y peligroso, en el cual tuvimos varias escaramuzas con tribus de trasgos y ettins de las montañas. Pero como el nuestro se trataba de un grupo experimentado, no tuvimos mayores inconvenientes para sobrepasar estos obstáculos.

Así fue como llegamos a un sitio donde no quedaba nada de lo que uno podría considerar “normal”. Aquella extensa y densa niebla, donde los llantos y lamentos de almas parecían reunirse en una ceremonia fúnebre, se había propagado aun más que antes. En todo el lugar fluía un poder maligno con una energía tan pesada que parecía aplastar todo sentimiento de valentía y coraje. Hasta el aire mismo sugería estar en nuestra contra, pero aun así, decidimos seguir explorando una región que ya no se podría definir como parte del Midgard.

Magus fue el primero en advertir la presencia de seres que no eran de ningún lugar que Rhoran o yo conociéramos, y no paso mucho tiempo hasta darnos cuenta de lo que hablaba. De la misma nieve, se abrieron grietas diversas, con la misma humeante neblina, pero esta vez de ellas emergieron criaturas que jamás había enfrentado antes. Garras y dientes afilados, cuerpos delgados, ágiles y a la vez retorcidos que no tenían parecido a ningún animal que pudiera recordar. Alados, de piel tan casi blanca como la nieve y ojos que parecían simplemente lastimarte cuando los mirabas fijamente. Estas aberraciones surgieron frente a nosotros y como acto seguido, nos atacaron sin contemplaciones.

La batalla fue frenética y despiadada. No hubo una idea clara de cómo enfrentar a estas criaturas, más allá que utilizar todas nuestras fuerzas. Las armas y la magia fueron nuestros recursos para salir victoriosos contra nuestros atacantes, los cuales parecían estar protegiendo algo y evitaban a toda costa que nos acerquemos. Una antigua cripta que se encontraba en el Claro, y en la cual podíamos notar que se concentraba una energía maligna más fuerte, y era tal vez esta última la causa de que este lugar se hubiera vuelto aún más peligroso de lo que ya era.

Después del enfrentamiento y de detenernos para analizar la situación y la naturaleza de estas criaturas, decidimos entrar en aquel mausoleo con la intención de erradicar lo que sea que se encontrara allí.

El interior del lugar era sumamente helado, aún más de lo que ya son las frías montañas nevadas Vhaldem. Incluso nuestros abrigos y ropajes mejor preparados  no podían evitarnos sentir como ese mortal frió penetraba hasta los huesos.

Después de algún tiempo recorriendo los pasillos de esta cripta, nos encontramos una extraña figura. Un personaje encapuchado, de cuerpo extrañamente delgado y su color de piel daba la sensación de que tratábamos con un cadáver. Su voz era extraña pero parecía ser la de una criatura femenina, o al menos algo parecido. El primero decidido en hablar fue Magus, y aunque yo estaba junto a los demás muy cerca, la naturaleza de la conversación era algo que no podía entender del todo, lo único de lo que estaba seguro era que el aura en esa “mujer” era extrañamente oscura, una sensación que  percibían todos mis compañeros.

Cripta

Mientras interrogábamos a nuestra "anfitriona", esta fue descubriendo nuestras intenciones y nos propuso algo que, para mi vergüenza, fue una tentación en la que caí con facilidad. Esta criatura, nos prometió vivir una vida plena en un mundo donde se cumplirían cada uno de nuestros sueños más anhelados, al mismo tiempo que se alzaron cinco espejos del tamaño suficiente para reflejar a una persona promedio en su totalidad. Había uno para cada uno de los integrantes del grupo. Mi corazón siempre ha tenido anhelos, pero ninguno ha sido obtener gloria ni riquezas, sino seguir los ideales de mi dios de la forma más fiel posible pero, no pude resistir la tentación de mirar en uno de esos espejos.

Donde antes solo veía mi propia figura, lenta y fluidamente comenzó a aparecer un paisaje tranquilo de un pueblo muy similar a lo que ahora es mi hogar en Loren, donde las personas vivían del sudor de su frente. Frente a una gran cabaña bien cuidada, sentada frente a la puerta en unos pequeños bancos, se encontraba la mujer que amaba, mi esposa Sirail. Pero no era la misma de siempre, ya que llevaba consigo un vientre ligeramente más grande, que denotaba la vida que ella cargaba consigo. Algo que era prácticamente imposible por una decisión de la naturaleza, ambos lo habíamos aceptado desde hace tiempo, pero aun así era algo que en lo más profundo de mí ser, deseaba que pudiera volverse real. Mi visión y mi cuerpo empezaron a perderse frente a esa imagen del espejo, poco a poco todo parecía ser más real. Mis pies comenzaron a caminar, mis manos se extendían intentando cruzar a ese umbral que me separaba de la realidad que deseaba conseguir y disfrutar...

Pero un momento antes de cruzar ese espejo, aquella tomo un cambio abrupto. Un incendio inexplicable comenzó a consumir el poblado de un momento a otro, mi esposa había desaparecido, y yo podía escuchar gritos de dolor y veía a las personas morir por monstruos como los que habíamos enfrentado poco antes. Mi visión se había vuelto una pesadilla y mi reacción casi instantánea fue tomar mi espada para romper aquel espejo frente a mí. Luego de volver a ser consciente de la realidad, gire mi cabeza para darme cuenta que mis compañeros también estaban frente a sus espejos rompiéndolos en pedazos. Nunca supe si ellos habían tenido una experiencia de la misma naturaleza que la mía, pero en mi mente tuvo lugar el pensamiento de que ese podría haber sido mi final y tal vez mi alma hubiera sido consumida luego de dar dos pasos mas hacia adelante.

Una vez que todos los espejos fueron destruidos, la criatura que se encontraba junto a nosotros desapareció en un aterrador grito de rabia, aunque tal vez alguno de mis camaradas tuviera algo que ver para que esa entidad se alejara de allí. Pero en cualquier caso, nuestra misión había concluido y las energías malignas que invadieron el lugar habían desaparecido con esa extraña figura, así como también la niebla y el ambiente de desolación que se había instalado en el Claro del Norte.

Luego de aquel viaje, volvimos a Mraganur sintiéndonos victoriosos, aunque en mi mente también había un mar de interrogantes, confusiones y miedos por lo que había vivido, así como una sensación de debilidad que no podía quitarme. Mi primer encuentro con las criaturas de otros planos por poco había sido el último y deseaba que nunca nadie tuviera que vivir una situación similar otra vez… incluyéndome.

Reunión secreta: La Orden y el intruso

 

Habían pasado varias lunas desde aquella experiencia en el Claro del Norte, pero no podía quitar de mi mente todo aquello que pude sentir. Aunque con el tiempo, la ayuda de mis amigos más cercanos me permitió reflexionar y superar lo ocurrido, logre entender que no sería la única vez que me enfrentaría a una situación así y que había más personas que podrían correr la misma suerte, aunque con un final menos afortunado.

Al verme con tan poco conocimiento, decidí buscar respuestas en las tierras de Karak Norn, el territorio de los nobles enanos. Una raza a la cual he llegado a tenerle un gran respeto y aprecio por su fortaleza, su convicción y su lealtad (una vez que logras ganártela), entre otras tantas virtudes de elogio. Es por eso que con el tiempo, me acostumbre a vivir en la región como si fuera mi segundo hogar.

Una de las cosas que atrajeron mi especial atención desde el principio, fue la devoción de los enanos a los Aesires, a los cuales respeto como a muchos de los dioses. Pero especialmente, fue algo muy grato para mí conocer el templo dedicado al dios de la Justicia, el cual nunca antes había visto en mi niñez en Gadelica por razones populares.

Desde el principio he sido fiel a la iglesia, intentando colaborar siempre con cualquier encargo que pueda hacer en favor de la misma. He dedicado muchas horas de plegarias y agradecimientos a Saxnot, otro de los nombres con el que aprendí llamar a mi dios, al igual que conocí muchas otras cosas no sabía de Tyr ni de su clero. Poco a poco fui ganando algo de confianza con el Clérigo Mayor Gorin Dorinor, y si bien nunca fueron mis intenciones ser más que un simple seguidor, siempre me he sentido a gusto compartiendo parte de todos mis días entre compañeros con los mismos ideales.

Templo de Tyr

Por estos motivos fue este lugar al que acudí para poder desahogar mis pensamientos por la experiencia que había vivido semanas atrás, y para mi sorpresa, pude enterarme sobre una reunión que iba a tener lugar en el mismo templo de Tyr. Una reunión la cual iba a ser sumamente importante, y muy pocas personas estarían presentes en la misma, personas que estuvieran involucradas en la causa y desearan ayudar a expulsar a las criaturas que habían invadido el Midgard. Casi sin pensarlo le solicite al sacerdote Gorin su autorización para participar en aquella reunión secreta. Tuve que recurrir a algo de insistencia y persuasión, pero mis intenciones de poder escuchar, entender y ayudar en todo lo que estaba sucediendo fueron motivo suficiente como para participar en dicho evento.

Pasaron unos diez días desde la noticia y comencé a notar la presencia de varios personajes más extravagantes que los ya acostumbrados enanos aldeanos y guardias de la región. Cada vez sentía más ansiedad al esperar que tuviera inicio aquel encuentro. Quería aclarar muchas dudas en esta reunión donde seguramente habría mucha gente bien informada sobre los sucesos que habían tenido lugar en muchos rincones del Midgard.

Llego el día acordado, el cual se realizó en la sala del juicio del templo de Tyr, lugar que normalmente se utiliza con otros propósitos, pero que esta vez fue la sede de la junta. Allí  fue donde me encontré con viejos conocidos, pero aun así personas de renombre, como el famoso cantor Arcturus, el capitán de la Guardia Gris: Beiron Dreed, la caballera de la diosa Sif: Elena, el teniente de la guardia de Karak Norn: Legnar Barbarroja, entre otros tantos nombres.

Pero aun con tan importantes participantes, había un grupo que me llamo especialmente la atención: unos caballeros vestidos con uniformes y armaduras que nunca antes había visto, los cuales prácticamente tomaron las riendas de la reunión y se presentaron como caballeros de la Orden del Circulo Divino.

Nunca antes había escuchado mención o rumor sobre estas personas, probablemente por mi falta de atención y pocos conocimientos generales de las cercanías de Gadelica, lugar de donde provenían este grupo. El líder de ellos parecía ser el señor Sebastian Dragonsbane, alguien con quien realmente no había tenido mucho acercamiento más que haber oído su nombre alguna vez.

Uno a uno, cada representante que nos habían invadido, atacando de distintas formas  en muchos rincones del mundo, provocando caos y calamidades en donde se hacían presentes.

A medida que escuchaba los discursos y explicaciones, muchas de mis dudas e inquietudes fueron resueltas. Si bien nunca hubo necesidad de que levantara mi voz, todos los que allí nos encontrábamos, éramos personas que estaban decididas a proteger el Midgard desde la posición que fuera necesaria. Al estar todos de acuerdo de la clara amenaza, se decidió buscar una forma de restablecer el equilibrio y desterrar a nuestros nuevos enemigos.

Los caballeros de la Orden denotaron que las intenciones de la misma son exterminar y erradicar a todos los demonios para proteger el Midgard. Un objetivo que desde un principio he considerado muy noble, aunque dudaba ser capaz de seguirlo con la misma convicción y seguridad, ya que mi único encuentro con esas criaturas no había sido el mejor. 

Caballeros

Pero estas personas estaban seguras de sus decisiones y el maestre Sebastian, expresó claramente que sería bienvenida cualquier ayuda para resolver este conflicto, pero que esas personas debían tener una fuerte entrega a la causa. En ese momento encontré valor para hacer escuchar mi voz, declarando a los allí presentes que deseaba ser parte de esto con todos mis recursos y habilidades.

Así fue como la reunión iba llegando a su final, solo quedaba aclarar cuáles serían los siguientes pasos y acciones a tomar para hacer frente a las criaturas de los otros planos… pero repentinamente, todos los allí presentes comenzamos a escuchar una voz que resonaba en nuestros oídos pero que no podíamos saber de dónde venía con exactitud.

“¡Que agradable! ¿Están todos aquí reunidos solo para hablar de mi?”

Al oír esas palabras, una sensación fría y oscura nos envolvió, las velas que iluminaban el templo se fueron atenuando para dar paso a la oscuridad que envolvía el lugar. Pronto la voz que se presentó ante nosotros como CARNIVEAU “El señor de las moscas”.

Todos en el lugar nos inquietamos, los guerreros tomamos nuestras armas ante la sensación de peligro, los clérigos murmuraban oraciones a nuestros dioses. Cada acción contra esta entidad, al parecer era algo que le causaba entretenimiento y no evitaba burlarse de nosotros.

No fuimos pocos los que desafiamos a la criatura, a enfrentarnos de una vez por todas para decidir el destino del Midgard. A lo que el llamado Carniveau se limitó a declarar.

“Nosotros estamos listos, pero les dejaremos a ustedes decidir dónde quieren morir”

Incluso el caballero Sebastian decidió hablar de manera autoritaria y retadora a este demonio, pero la manera que esta siniestra criatura nos mostró su poder, nos hizo a casi todos llegar a un quiebre de nuestra valentía.

De las manos con guanteletes del caballero, empezó a brotar sangre y a gotear en el suelo. El hombre descubrió sus manos y vio como la sangre emanaba de distintas heridas en las mismas, aunque sin saber lo que las habían provocado.  Luego, de las manchas de sangre en el suelo, comenzó a escucharse un repulsivo sonido de aleteos a medida que una cantidad de moscas empezaban a emerger de la sangre misma. Un espectáculo tan desagradable que muchos de los que estábamos allí, ante el miedo y lo impactante de la situación no pudimos mantenernos firmes, de hecho, muchos de nosotros devolvimos nuestros alimentos consumidos en ese día. Lo único bueno de la situación, es que el señor Sebastian no se encontraba en peligro mortal. Ya que las heridas fueron curadas por los clérigos allí presentes.

Todo esto a la criatura parecía divertirle, la confusión de la situación y la sorpresa que nos llevamos ante tan terrible intruso fue algo que supo aprovechar al máximo para intentar llenar nuestros corazones de miedo. Luego de darnos dirigirnos sus palabras de burla sobre nuestras intenciones, dejamos de sentir su presencia en el templo. Y aunque creimos que tal nefasto momento había terminado, pronto nos dimos cuenta que Carniveau nos había dejado una “sorpresa”.

Los campos de cosechas de todo Karak Norn, llegando hasta el bosque y el poblado de Loren, fueron arrasadas por una plaga de langostas, alimañas que aparecieron prácticamente desde la misma tierra y el aire, las cuales destruyeron y consumieron con todo lo que estaba a punto de cosecharse en esa temporada.

Sin dudas pronto toda la región entro en una crisis muy seria, y este hecho dio fin a la reunión en el templo de Tyr. No hubo un plan definitivo sobre lo que sucedería más adelante, tal vez se evitó el tema para que Carniveau no pudiera descubrir lo que intentábamos realizar y coordinar pero una cosa era muy segura, esta plaga de demonios iba a ser  difícil de erradicar.

Una flor en la tempestad

 

El bosque de Loren, conocido por su frondosa extensión de bosques y abundante fauna, siempre ha sido un lugar donde se puede encontrar una gran belleza en la naturaleza, pero al mismo, tiempo grandes peligros. Loren se encuentra delimitado entre los territorios de Karak Norn y de la ciudad imperial de Gadelica. Entre estos dos grandes territorios, se encuentra un pequeño pueblo en las profundidades del bosque el cual es el único sitio “seguro” en el largo camino que separa las dos regiones ya mencionadas.

El poblado de Loren, un sitio que había podido conocer con anterioridad, en una de mis tantas exploraciones y aventuras con mis amigos y familia: Verael y Sirail. Este siempre fue un lugar donde vive la gente más humilde que se pueda encontrar. Y aunque no cuenta con una gran población, tiene una gran variedad de razas entre sus habitantes; tales como enanos, elfos, semiorcos y humanos. Sus habitantes viven del trabajo del día a día, y el ambiente entre las personas casi siempre ha sido de compañerismo, fraternidad y paz.

Es por estas razones, que hace unos años ya, había decidido adquirir una pequeña casa en el poblado. Un lugar propio, un hogar en el cual refugiarme cuando mi necesite momentos más tranquilos, un lugar donde reencontrarme con la paz y los valores que mis padres me enseñaron durante mi niñez en Gadelica, aunque en ese entonces no los entendía.

Loren también sufrió la plaga de langostas que azoto a todo Karak Norn y esto se volvió un problema enorme para las personas que vivían de trabajar en sus granjas y cosechas. El caos que se había presentado ante la crisis de recursos de la región, evito que pudiera volver a reunirme con las personas que habían asistido a la reunión en el templo de Tyr, por lo que no sabía que acción tomar con respecto a los problemas que allí se discutieron y de qué manera aportar a esa causa. Así que decidí, junto a mis familiares elfos, ayudar al poblado y sus habitantes.

Tanto Verael como yo, durante varios días, dedicamos gran parte de nuestro tiempo a trabajar ayudando en las cosechas de los aldeanos de Loren, una tarea que no me era desconocida ya que mis padres y yo vivíamos de la misma manera. Al mismo tiempo que Sirail, incomoda como siempre se ha mostrado en grandes multitudes, recorría los bosques recolectando frutos silvestres lo bastante maduros para luego repartirlos. Por mi parte, además, comencé a realizar patrullajes en el bosque, con la intención de mantener alejados a los animales salvajes demasiado peligrosos, o a los frecuentes bandidos del bosque, los cuales siempre han sido un gran problema para los mercaderes y comerciantes.

Cuidando los bosques

Durante ese tiempo, la vida se volvió un poco más tranquila. Las personas no se dejaron consumir por la pena y la angustia ante la plaga en las cosechas, sino que reunieron fuerzas al igual que todo Karak Norn para poder recuperarse lentamente de la situación.

Mi esposa Sirail y su hermano Verael, siempre han sido seguidores de Frey y Freya. Aun con sus particulares formas de ser, cuando uno los conoce puede ver en ellos el aprecio que tienen por la vida, la prosperidad y el compañerismo, así como también son capaces de hacer frente a los momentos de crisis y problemas.

Para simbolizar la venida de tiempos mejores, ellos empezaron a cultivar un jardín. Un jardín de flores de distintas razas que se podrían encontrar en los extensos bosques de Loren, e incluso de las más exóticas provenientes de Arvandor Taure. Este jardín fue destinado a mostrar el lado amable y fértil de la vida, una forma de levantar el espíritu y la moral a todas las personas que pasaran cerca, que pudieran verlo y apreciarlo. Fue una idea bastante sensible por parte de mis familiares, y un gesto en mi esposa que no siempre suele darse, pero que los que la conocemos apreciamos siempre que surge de ella.

Ya había pasado medio año desde la plaga de langostas, y el poblado finalmente había logrado sobreponerse a la adversidad. Algo que seguramente haría sentir orgullosos a los dioses por ver el espíritu fuerte de estas personas. La temporada de cosecha comenzaba a acercarse, y con casi todo el trabajo más duro terminado, Verael decidió regresar a Arvandor Taure para resolver asuntos de la familia Elastriel, aunque Sirail prefirió permanecer conmigo en Loren.  Luego de la despedida, decidimos pasar varios días como una pareja más de campesinos. Intentando olvidar por un tiempo todo lo malo que sucedió, sucedía o sucedería a futuro. Fueron días de paz que nos sirvieron para prepararnos para un evento inesperado.

Una noche templada de abundantes lluvias y relámpagos se hizo presente en el extenso bosque, como siempre los rayos en el cielo han sido buenos augurios para los enanos seguidores de Thor, el dios velaba por nosotros en el cielo. Mi esposa y yo nos encontrábamos descansando, mientras las fuertes lluvias azotaban los techos de las casas.

Lluvia

Escuchamos un gran y estruendoso trueno, como si una explosión tuviera lugar justo al lado de nuestra casa, el cual permitió ocultar en un principio los sonidos extraños que provenían de afuera de nuestro hogar. Sirail y yo comenzamos a escuchar  de pisadas y algunos golpes desde afuera de las paredes. Así que ambos decidimos salir a investigar lo que estaba rondando allí. Me apresure a tomar mis vestimentas para salir, pero extrañamente pude notar que mi esposa estaba callada y con un semblante de preocupación que pocas veces he visto. Cuando salimos, lo primero que pude ver eran nuestros caballos que habían salido de nuestro establo, pero los mismos seguían aun dentro de los límites de terreno de nuestro hogar. Me acerque a ellos para calmarlos y volver a guardarlos, y una vez concluida esta tarea pude notar que mi esposa, durante todo ese tiempo, no hizo más que mirar su jardín con una expresión pálida y sorpresiva.

 

Entre el ruido de la lluvia y los truenos, apenas y podía escuchar algo, por lo que me acerque preocupado a ella para descubrir lo que le ocurría, y cuando me coloque a su lado, ella me dijo que había algo en nuestro jardín. Mientras ella señalaba con cierto miedo el centro del mismo, se podía distinguir algunas flores y brotes aplastados, pero que a su vez estaban cubiertos por hojas y algunas ramas extrañamente acomodados para bloquear la lluvia.

Al acercarme, comencé a escuchar un llanto mesclado con gritos que poco a poco logre sentir más fuerte, la cautela se reemplazó por un impulso, el cual me obligo a apresurarme para ver lo que se encontraba allí. De todo lo que esperaba que pudiera pasar en mi vida, jamás pensé que vería algo así.

Una pequeña recién nacida, tapada en unos pocos trapos teñidos en gran parte por sangre, diminuta, indefensa, asustada sin ninguna esperanza de sobrevivir por su cuenta.

La tome en brazos mis cubriéndola con la capa, sin saber bien lo que estaba pasando, solo actuando por instinto. Mi esposa se tapó la boca al ver lo que estaba en mis brazos.  Buscamos fugazmente en todas las direcciones, intentando encontrar cualquier señal de personas cerca de allí, pero sin éxito, así que nos dirigimos al templo comunitario de Loren, una pequeña capilla en honor a Frigga y a Heimdall.

Al entrar, no pude evitar levantar mi voz nerviosa para pedir ayuda a los clérigos, no podía controlar mis acciones bien, era una situación que nunca había enfrentado antes. Sentía miedo por la vida que cargaba en brazos, porque sabía que no podía hacer nada por ayudarla, pero deseaba con todo mí ser que esta pequeña no muriera. La sacerdotisa elfa Vianna, nos recibió inmediatamente y nos preguntó los detalles de la sorpresiva niña que habíamos cargado hasta el templo. Pero todo esto fue rápido, casi tanto que no supe bien como lo explicamos, ya que nuestras atenciones solo estaban concentradas en esa criatura.

Después de algunas horas, Vianna nos mostró a la bebe en un brazo y un biberón en la otra mano, pero la niña no hacia otra cosa más que llorar y reclamar su insatisfacción con algo o alguien. Por lo que la sacerdotisa le pidió a mi esposa que la sostuviera, y para mi sorpresa, la niña logro calmarse casi al instante.

Una niña humana, de cabellos rubios, rechoncha y con mejillas coloradas, tez blanca al igual que su cuerpo, y según Vianna con una edad que no superaba las pocas horas.

Templo comunitario

La sacerdotisa, Sirail y yo discutimos sobre el acontecimiento y llegamos a la conclusión de que la niña encontrada en nuestro jardín claramente había sido abandonada por sus progenitores. Por lo que ahora estaría por el momento a cargo del templo hasta que alguna familia interesada de Loren eligiera recibirla en su hogar. Pero de no darse el caso, sería enviada a Mraganur o Gadelica, en algún lugar donde recibieran niños en las mismas condiciones. Sirail y yo no queríamos darle tanta responsabilidad a los sacerdotes, por lo que decidimos recibir a la bebe en nuestro hogar el tiempo necesario para que Vianna hablara con todas las familias del poblado.

Al llegar a nuestros aposentos, ahora con una nueva vida que dependía de nosotros, el mundo que hasta ese entonces conocía se paralizo. No podía entender bien lo que estaba sucediendo, no había entendido mi actuar, ni siquiera había tenido en cuenta que no estábamos preparados para cuidar de algo así y estoy seguro que Sirail se encontraba con pensamientos similares. Pero algo era innegable, nos habíamos vuelto padres por primera vez, adoptivos y momentáneos, pero padres al fin y al cabo.

Pasaron las primeras semanas, las semanas más largas e interminables que había vivido jamás, durante ese tiempo logre volver en mí mismo, y entender lo que la vida y los dioses habían dejado en nuestro jardín. Al principio fue difícil, pero luego comenzamos a acostumbrarnos y para cuando se había cumplido el primer mes, nos habíamos encariñado mucho con esta pequeña, a la que decidimos llamar “Torun” en el lapso que estuviera con nosotros.

Poco a poco, entendí que esto no era solo una casualidad, que no era una situación sin motivos. Los dioses Vanires nos habían visto desde hace tiempo y decidieron darnos una bendición.

Para cuando Vianna llego a nuestra puerta, lamentándose porque no había nadie en Loren que estuviera preparado para recibir a una niña en su hogar, Sirail y yo ya habíamos decidido que era lo que íbamos a hacer.

Uno no siempre tiene el control de las cosas, uno puede entrenarse e intentar prepararse para los distintos desafíos que los dioses pondrán en nuestro camino, pero hay momentos en los que simplemente no existe preparación, no hay explicaciones, no hay advertencias. Son situaciones en las que uno solo puede hacer lo que piensa que es lo mejor y lo que desea desde lo más profundo de su ser.

Nuestra familia, de un momento a otro comenzó a crecer, y creo que esta es una señal de que a pesar de los momentos oscuros que estamos viviendo, aún hay una flor de la esperanza, una flor que por pequeña y delicada que sea, sigue presente ante la tempestad.

Mi esposa Sirail suele decirme que:

“Esta niña es hija de Thor y Sif, ha sido enviada al Midgard para cuidar de este mundo”

Y aunque dudo que ese pensamiento sea una certeza, si puedo estar seguro de que esta niña tiene algo especial en ella. Y aunque su camino no sea claro para nosotros, sin  importar cuál sea el destino que los dioses tengan preparado para su vida, me dedicare a protegerla de hoy en adelante.

Familia

 

Culpas y castigos

Desde la llegada de Torun, nuestras vidas se volvieron más rutinarias con respecto a la crianza de nuestra hija. Esto fue atenuando el fuego de la emoción por las aventuras y los viajes a lugares peligrosos, reemplazándolo por un estado de calma y aprendizaje sobre lo que es tener una familia. No obstante, más allá de mis obligaciones nuevas como padre, también dedicaba parte de mis días al entrenamiento de mis habilidades y mi estado físico. Tales entrenamientos los solía llevar a cabo junto con los demás guardias civiles y otras tantas veces con mi amigo Taros: un monje de tez morena proveniente de Dhu Nun, poseedor de técnicas y estilos de combate envidiables, en los cuales se vale de su propio cuerpo como arma. Junto con él logre evolucionar mi manera de luchar y de ver mejor muchos aspectos de la vida y de mí mismo mediante la meditación y la observación.

Durante los primeros meses después como una nueva familia, mi vida se basó en esa rutina de entrenamientos y las costumbres de un hombre de hogar, cuidando y viendo crecer junto con Sirail a nuestra niña. Pero con el tiempo comencé a retomar mis viajes a la ciudadela de Karak Norn, con la intención de poder trabajar para la región y continuar aprendiendo sobre la herrería junto a mi maestro Moigan, uno de los mejores herreros de Asgoria. Esto me llevo a recorrer paulatinamente distintas regiones en busca de materiales y recursos necesarios para la herrería, lugares como la nevada ciudad de Mraganur.

Durante aproximadamente un año, mi vida fue transcurriendo de manera tranquila y poco a poco logre despreocuparme del problema de los demonios, aunque no paso mucho tiempo más hasta darme cuenta que esta paz era solo la calma antes una tormenta. Dicho de manera más literal, una tormenta que se hizo presente sobre el navío en el cual me encontraba viajando cuando intentaba regresar desde las tierras norteñas al puerto de la región enana.

Mientras descansaba en uno de los camarotes del barco, comencé a notar que el mismo comenzaba a mecerse de una manera cada vez más violenta y repetida. No tarde mucho en darme cuenta que algo no marchaba bien, y al subir a la cubierta pude ver aquella tormenta contra la cual los marineros hacían todo lo posible por resistir.

El cielo estaba cubierto por una oscura y densa nube que parecía estar justo encima de nosotros, ya que buscando los horizontes se podía ver en cada dirección los límites de esta calamidad en el cielo. La lluvia era incesante, a tal punto que dificultaba el simple hecho de caminar sobre la cubierta. El viento y el mar golpeaban con fuerza al generar olas, que se estrellaban una tras otra y parecían ser monstruos gigantes que intentar tragar por completo el barco en el que viajábamos.

Tormenta

Aun sin saber nada de la vida en el mar, podía darme cuenta del nerviosismo, el miedo y la precipitación de los marineros mientras corrían de un lado a otro, o trepaban las redes y sogas para soltar y ajustar las velas.

En ese entonces mi mal presentimiento comenzó a tornarse una preocupación y culpa que no pude entender al instante, pero rememorando mis días anteriores en Mraganur, antes de regresar a Karak Norn, recordé algo que podía ser la causa de la catástrofe que estábamos enfrentando. Me di cuenta que en mi deseo por regresar a toda prisa con la gente que quería en Loren, había omitido mi visita al templo de Aegir y hacer una correspondiente ofrenda para tener un viaje seguro. Pronto esa preocupación mía se tornó en miedo, el miedo de haber provocado la ira de uno de los dioses de los mares.

Los gritos en la cubierta del barco se escuchaban en todas las direcciones, pero muchas veces estas voces debían competir contra los sonidos estruendosos de la tormenta y la marea agitada. En el caos que todo esto representaba, pude ver a un marinero perder el equilibrio y la firmeza en la soga de la que se sujetaba, para luego caer en el mar embravecido.

No dude ni un momento en buscar lo más rápido posible una soga para poder socorrer al hombre en el agua, pero al mismo tiempo las olas golpearon con fuerza y truenos ensordecedores con luces segadoras se hicieron presentes. Esto me hizo caer y retrasar mi búsqueda durante unos momentos, y aunque finalmente logre encontrar una cuerda lo bastante extensa, cuando me dirigí hacia la baranda del barco para auxiliar al marinero, ya no pude encontrarlo. El mar lo había reclamado y alejado de nosotros.

Me invadió por completo la tristeza, la impotencia y por sobre todo, la culpa de sentir que ese hombre había muerto por mi falta de respeto a los dioses. Lo único que pude hacer fue pedir que este marinero fuera alcanzado y llevado por Ran, la esposa de Aegir,a su palacio de coral bajo el mar y que allí pudiera tener una mejor existencia.

Luego la realidad volvió a sacudirme con otro violento choque de las olas contra uno de los bordes del navío, sobre nosotros seguía manifestándose aquella tempestad.

Fue entonces que al lograr ponerme de pie nuevamente, escuche el susurro de una voz que no me era familiar, pero que hablaba tan cerca de mis oídos que daba la impresión de estar junto a mí, aunque al voltearme no podía ver a nadie cerca.

“Arrodíllate ante mi poder”

Estas palabras me dieron la certeza de mis pensamientos, yo había sido el blasfemo que había traído tal tormento sobre nosotros. Pero si el dios Aegir pedía un tributo en el templo, pensé que tal vez podría compensarlo dejando en el mar un sacrificio de mayor valor con tal de obtener clemencia. Es por este motivo que, después de varios resbalones y trastabilleos, camine hasta la proa del barco, donde allí me puse de rodillas mostrando una gema de brillante resplandor verde en mi mano.

Ofrenda

Trataba de concentrar mis pensamientos y comencé a hablar también en voz baja, pidiendo que esta ofrenda pudiera darnos una oportunidad de redimirme y de poder salvar a los marineros que estaban siendo castigados por mí blasfemia. Y esta vez, aquella voz susurrante volvió a hablar, diciéndome algo que hasta el día de hoy tal vez está buscando.

“No quiero tus riquezas. ¡Quiero tu sangre!”

Estas palabras provocaron un escalofrió en mi espalda, y entumecieron mi cuerpo por un instante. Pero desde ese momento, la tormenta y las olas comenzaron a calmarse y disminuir gradualmente hasta que finalmente el brillo del sol empezó a atravesar las oscuras y densas nubes negras.

Habíamos sobrevivido a un viaje que muchos de los marineros allí presentes contarían orgullosos en las tabernas y puertos de cada región, pero algo en mi sabia con claridad que esa presencia que había sentido aún no estaba satisfecha.

Cuando regrese a Loren, le explique Sirail lo que había sucedido, sabiendo que ella me ayudaría a encontrar una solución, después de todo mi hábil y sabia esposa me había salvado de incontables enemigos y amenazas que superaban mis conocimientos: tales como los ogros, los elementales de tierra, gigantes de hielo y otros tantos peligros. Sin duda la primera persona a la que podría confiarle mis problemas seria a ella. Y así fue como decidimos dejar a nuestra pequeña hija a cuidado de un buen amigo de Sirail, mientras nosotros partimos nuevamente hacia Mraganur para obtener información o alguna respuesta en el templo de Aegir.

Viajamos ligeros, concentrados en lo que queríamos hacer, esto no era algo que pudiéramos dejar pasar o ignorar, lo sabía bien y mi esposa tenía el mismo presentimiento.

Cuando finalmente llegamos al templo, con el mayor respeto que pude tener intente hablar con el sacerdote Ogasir Rhaniar, aunque desde el principio su trato hacia nosotros fue algo áspero y difícil de sobrellevar. Aun así, y dando una correspondiente ofrenda hacia el dios de los mares, intentamos hablar con el sacerdote sobre lo que me había sucedido en aquel viaje. Pero no obtuvimos ninguna respuesta clara, solo que debíamos mostrar nuestros respetos al dios de los mares, a lo que conteste que siempre le he tenido respeto a todos los dioses, aun cuando el dios al que sigo es al dios Justo. Tal vez debí medir más mis palabras, ya que en ese momento el sacerdote se limitó a darse la vuelta y decirnos que el único dios justo es Aegir.

Al salir de ese lugar sin respuestas ni solución, mi ánimo había decaído enormemente, y así mismo crecía mi preocupación por las consecuencias de mis actos, y de no ser por Sirail, probablemente hubiera perdido las esperanzas pero no podía dejarme llevar por esos sentimientos, teníamos que encontrar la manera de solucionarlo.

Es por esta razón que luego nos dirigimos hacia el monasterio de la trilogía, en las cercanías de Karak Norn. En este lugar, y con autorización de los monjes, dedique varios días y noches a sumergirme en los textos antiguos para buscar algún indicio, pista o historia similar a lo que estaba ocurriendo, pero lamentablemente con el tiempo me di cuenta de que esto era algo que probablemente no iba a encontrar en los libros.

Pasaron varias semanas en los que no encontré respuesta, pero a su vez tampoco pude volver a sentir aquella voz en mi cabeza y en mis oídos nuevamente. Por lo que decidí detener mi búsqueda, y esperar a que alguna señal se revelara ante mí nuevamente, para así poder descubrir lo que había sucedido y de que se trataba esta entidad. Aun con aquel mal acechando, no podía amargarme y deprimirme, tenía una familia en quien pensar y que cuidar y no podía dejar que mis pensamientos y preocupaciones me nublaran.

Maldición en las profundidades

 

“"Vuelve a Mraganur a comprar bueyes, los necesitaremos…. y luego podremos llevarlos a casa para que vivan mejor en nuestro hogar"”

Con esta frase, Sirail se despedía de mi a la vez que desaparecía entre los arboles teñidos de nieve blanca, mientras montaba un gran alce como si de un caballo se tratara y seguida por dos lobos blancos.

 Esta imagen me recordardaba la sorprendente conexión que posee mi esposa con la naturaleza.  Para ella siempre ha sido más fácil tratar con los animales que con las personas, ya que se ha sentido más cómoda que cuando está rodeada de gente que no conoce. Siempre me ha dicho que los animales son mucho más leales que cualquier persona, y creo que en muchos casos ese pensamiento está bien fundamentado. Ellos casi nunca tienen malas intenciones, y si las tienen, entonces las dejan ver más fácilmente.

Desde que la conozco, Sirail ha sido una persona interesada en respetar y conservar el equilibrio de la naturaleza, aunque no defendiéndola obstinadamente de cualquier daño, sino más bien, evitando los abusos que cualquier raza pudiera realizar con los recursos que nos brinda el Midgard.

Montura

En esta ocasión habíamos viajado hasta el extenso  Bosque Blanco, cercano a la ciudad norteña de Mraganur, con la intención de investigar y controlar la plaga de los trolls que suelen infestar el bosque y ponen en peligro aquel equilibrio para las demás criaturas.

Aunque en esta ocasión, teníamos una doble misión, ya que las verrugas que estas horrendas criaturas poseen, extrañamente también son poderosos y raros componentes que mi esposa suele utilizar en sus incursiones en el mundo de la alquimia y las pociones. Tal vez por esta razón ella me pidió que consiguiera llevar algunos bueyes que nos ayudaran transportar lo recolectado en nuestra expedición, aunque no fue algo que Sirail expresara con claridad.

Desde nuestra ultima visita al Bosque Blanco habian transcurrido dos inviernos. Es por esa razón un sentido del deber nos hizo regresar a ese lugar. Por lo que Sirail y yo confiamos nuevamente a nuestra hija a los cuidados de alguien que siempre ha sido de extrema confianza para mi esposa. Alguien vinculado a ella que es tan o más leal de lo que yo puedo llegar a ser.

Después de algunos días buscando, conseguir la ayuda de dos bueyes saludables y fuertes para nuestro viaje, aunque estos también demandaron varios días más para atravesar el bosque mientras intentaba encontrar la zona donde suelen habitar los trolls. Aunque para mi sorpresa, cuando finalmente logre llegar al lugar que habíamos acordado con Sirail, no encontré rastros de ella.  Y si bien sabía que el bosque guarda grandes peligros, esto no fue algo que hiciera que me preocupara por mi esposa, aquella sensación no lograba apoderarse de mí, y la marca de los Elastriel no me alertaba de que ella estuviera en problemas.

Cuando nos conocimos, y comenzamos a formar un vínculo de verdadera amistad, Sirail realizo una marca especial en mí. Una pequeña runa en mi cuello, la cual desde entonces siempre ha sido la marca de mi lazo con la familia Elastriel, y sobre todo con mi esposa. Una conexión entre nosotros, en la que ella siempre ha tenido control y de ser necesario, la ha utilizado para que ambos pudiéramos tener una señal del estado del otro. Por este motivo decidí retomar el viaje buscando por distintos rincones del bosque, sin saber bien la dirección o el lugar al que me dirigía, pero con la intuición de que aun así, estaba en el camino correcto.

 Finalmente, después de un tiempo explorando, encontré una extraña grieta de gran tamaño en las bases de una de las montañas a los pies de los “Picos Helados”. Esta grieta parecía ser una especie de entrada o túnel de gran profundidad. Lo que hacía particular esta entrada de otras, es que en ella se podían distinguir  huellas marcadas con nieve de un grupo de personas que se adentraba en la montaña, y por esta razón decidí hacer lo mismo.

Una vez ingresado por aquella abertura, y luego de una extensa caminata por un pasillo donde la luz del día se iba reduciendo, di con un lugar nuevo para mí, pero que al mismo tiempo me era bastante familiar.

Al final del gran pasadizo, lo primero que logre distinguir fueron grandes y espaciosos salones cubiertos por una extensa oscuridad, ante la cual oponían resistencia algunas pocas antorchas encendidas en las paredes. Sospechaba que una excavación de tal magnitud solo podía ser obra de una raza, y no tarde mucho en confirmar mis pensamientos al ver antiguas runas y monumentos con una gran similitud a la ciudad fortaleza bajo la montaña de Karak Norn.

Mi exploración se prolongó durante algún tiempo, en el que siempre mantuve la guardia en alto y procuraba cuidar de los bueyes que traía conmigo para evitar que fueran presas de alguna amenaza en el bosque. Aunque aún así, mis compañeros animales se mostraban descontentos y nerviosos por alguna razón.

Después de varias horas recorriendo los pasillos y cámaras de la ciudadela sin encontrar ningún enano, llegue a la conclusión de que esta estaba completamente abandonada, pero justo en ese momento pude escuchar el eco de ciertas voces que venían de las cercanías. Al seguirlas comencé a escuchar con más claridad lo que decían y a interpretar mejor los tonos de cada una de ellas, esto me permitió reconocer a las personas que estaban conmigo en la ciudadela, incluso antes de verlas.

En el interior de esa montaña, me reencontré junto a mi esposa Sirail, acompañada por ootras tres personas: nuestro amigo de las arenas del Sur, Taros; una joven elfa de nombre Diana, y una curiosa mediana que se presentó a sí misma como Merin Sorrer, una investigadora al servicio de los sacerdotes de Odin, perteneciente a la Orden del Circulo Divino.

Una vez reunidos, mis compañeros me relataron se habían encontrado con Sirail en el bosque blanco, deambulando junto a sus guardias animales y como ella accedió a viajar juntos.

Encuentro de amigos

Taros y Diana fueron los primeros en conocer y ofrecer su ayuda a Merin en su importante misión de investigar las ruinas y laberintos que ofrecen las cuevas escondidas en bosque blanco. En cuanto a la mediana, podía distinguirse su emoción, curiosidad y ansiedad de explorar  la impresionante ciudadela, aunque no es difícil asombrarse con las arquitecturas de los enanos.

Exploración

Taros compartía la misma simpatía hacia el intercambio de conocimiento y el descubrimiento como una forma de aprendizaje, algo que siempre me ha explicado e intentado inculcar con bastante éxito. Es así como junto con Diana y Sirail como sus exploradoras, llegaron a esta antigua ciudadela abandonada y recorrieron los mismos salones que yo había visto anteriormente. Nunca mencione como es que llegue allí, tampoco sabía si mi esposa se los había comentado, pero todos en ese lugar parecían que esperaban el momento de que me uniera a ellos en esta expedición. Y así lo hice con la mayor voluntad y entusiasmo a la par de mis compañeros.

Ruinas bajo la montaña

Es difícil saber cuánto tiempo transcurrió mientras nos adentrábamos en las profundidades de la montaña, ya que viajamos lo bastante lento para observar cada detalle de la misma y su estructura. Al estar bien aprovisionados, nos dimos el grato gusto de pasar cierto tiempo acampando para descansar, recuperar energías y escuchar las leyendas que la erudita Merin Sorrer nos comentaba de este lugar. Sin duda alguna su emoción al encontrar un sitio perdido con tanta historia, tantas leyendas y tantas cosas por encontrar, hacía que la joven mediana compartiera con nosotros mucho de su conocimiento. La pasión por las cosas que uno desea hacer muchas veces es algo que contagia a los demás, y cabe destacar que el señor Taros encontraba en ella un aprecio mayor al compartir los detalles de las viejas leyendas e investigaciones del lugar en el que estábamos. Por mi parte, me parecía interesante el rango de conocimientos y campos que abarcaba la mencionada Orden del Circulo Divino, por lo que a medida que viajábamos comenzaba a sentirme más a gusto de conocer personas que dedicaran su vida a esa organización. Sirail y Diana también tenían un gran aprecio por la mediana e incluso se animaron a comentar y compartir viejas leyendas elficas durante nuestro viaje.

Conversación

Eventualmente nos encontramos con una excavación de gran profundidad, con una plataforma y juego de poleas con sogas viejas que descendían aún más de lo que podíamos ver. Sirail y Taros fueron los primeros en bajar para asegurarse de que el sitio fuera seguro, y así fue como el resto del grupo nos propusimos a descender también.

Descenso

Sirail solicito ayuda a los bueyes con los que yo había viajado todo este tiempo. Ella les explico, en un idioma muy particular, que ellos deberían tirar de un extremo de las sogas para elevar y descender la plataforma. Entre todos logramos reparar y aprovechar dicho sistema con el cual uno a uno pudimos llegar con facilidad hasta el interior de aquella enorme abertura. Todos a excepción de Diana, quien había preferido quedarse en el nivel superior para poder cuidar de los bueyes y de las provisiones que teníamos.

El resto del grupo, recorrimos aquella húmeda y antigua cueva, con altas expectativas de que hubiera algo valioso por descubrir, y nuestros esfuerzos se vieron recompensados.

Restos antiguos

Una pieza de gran tamaño, semienterrada en el suelo durante años, con enormes cavidades en las cuales hace tiempo se hubiera visto sus ojos, una gran estructura ósea que nunca antes había visto. Si la joven Merin estaba en lo cierto, y no había pruebas que lo refutaran, lo que logramos encontrar era el cráneo de un antiguo dragón.

Me invadió el asombro, la curiosidad y en hasta cierto punto el miedo al ver aquellos restos de la que seguramente había sido una batalla legendaria. La mediana Sorrier aún más entusiasmada que antes, nos comentó sobre una antigua lucha que había tenido lugar allí mismo. Según la leyenda, el guerrero Leod Utghar y la clériga de Odin: Tyrenna, habían enfrentado con valentía y fiereza una de las mayores calamidades de esa época, un dragón verde.  Aunque lejos de luchar ellos solos, habían acudido a tal heroico encuentro junto a sus compañeros  y camaradas. Lamentablemente, después de salir victoriosos, sus esfuerzos se vieron frustrados cuando una enorme horda de orcos asedió las minas evitando que los aventureros lograran conseguir algún trofeo que demostrara la hazaña contra la gran sierpe verde

Por este motivo, la mediana con gran humildad y respeto nos pidió que la ayudáramos a llevar aquel enorme cráneo de dragón a sus superiores de la Orden para que la leyenda fuera reconocida como real, y así también ganarse un lugar de respeto entre sus colegas. Taros, Sirail y yo aceptamos con mucho gusto ayudarla en su objetivo.

Leyendas

Mi esposa fue la primera persona en subir por la plataforma, y junto a Diana comenzaron a buscar algún material que sirviera de base para sostener y levantar el enorme cráneo con las sogas. Mientras tanto, Taros y yo intentábamos mover aquella pesada pieza ósea y alinearla con el hueco por el cual planeábamos subirla.

Al principio creía que era por el cansancio del extenso viaje que habíamos realizado y mi mente empezaba a jugarme trucos, pero poco a poco comencé a escuchar voces en la cueva. Si bien intente ignorarlas al principio, mientras más movíamos aquel enorme cráneo de dragón, las voces que comenzaron como un leve murmullo empezaron a ganar fuerza y a retumbar en los oídos de todos. Unas voces que pronunciaban algo que nunca antes había oído, algo que lentamente fue ganando nitidez. Una palabra extraña: “Shogoot”.

Taros y yo sabíamos que fuera lo que fuera que estuviera pasando, no era seguro permanecer en la cueva, por lo que le recomendamos a Merin regresar al nivel superior, ya que la prioridad antes que nada era permanecer todos juntos y a salvo. Pero la mediana, aun ante nuestras advertencias, se mantuvo firme en rescatar aquel  cráneo de dragón, el cual tenía un valor muy importante para ella. A tal punto que haciendo uso de sus brazos, la investigadora intentaba arrastrar aquella pesada pieza de esqueleto, sin resultados evidentemente.

La palabra Shogoot comenzó a resonar cada vez más fuerte, y claramente no anunciaba ningún buen augurio. En un instante, un temblor sacudió la tierra y de la nada un gran esqueleto reanimado apareció para abalanzarse y atacar a la joven mediana. La reacción de Taros fue mucho más rápida que la mía. Golpeando con una velocidad que apenas logre ver, el derribo y aplasto los huesos del esqueleto con sus puños. Pero aun así, al parecer no fue lo suficientemente veloz, ya que la señorita Merin se encontraba inconsciente en el suelo. Taros tomo a la investigadora en sus brazos, comprobando su pulso para asegurarse de que aún estaba con nosotros. Inmediatamente pedimos ayuda a Sirail y  Diana para que la plataforma descendiera por nosotros. Yo fui el primero en ascender y luego recogimos a la Taros quien aún seguía cargando a nuestra compañera.

Al lograr llegar al nivel superior notamos que, extrañamente, Taros intentaba sostener a la mediana rodeándola con sus brazos, esta empezó a despedir un olor nauseabundo, parecía como si su cuerpo hubiera sufrido una descomposición muy apresurada. Los bueyes inquietos y asustados intentaban alejarse lo más posible de Taros y Merin.

Taros, con voz exaltada, solicitaba que le alcanzáramos cuerdas para poder atar a nuestra compañera de pequeño tamaño.  No entendía bien el porqué, pero en su rostro se podía notar una expresión totalmente distinta a la que suele tener, una expresión mucho más preocupada y de esfuerzo al estar empleando todas sus fuerzas tan solo para sostener a Merin. Esta última se retorcía y sorprendentemente, lentamente lograba a abrir la llave de los brazos de Taros superándolo en fuerza. Fue como si hubiera adquirido un poder sobrenatural e imposible para su físico, y mientras esto ocurría, ella repetía la palabra “Shogoot”.

Diana me arrojó una soga, y en ese momento me apresure para asistir a Taros, pero en un descuido, él se vio forzado a soltar a la mediana de su agarre, ya que había recibido una terrible mordida en su brazo. La visión que tenía ahora de nuestra compañera había cambiado totalmente. Su cuerpo despedía ese olor insoportable, en posición agazapada y amenazante como esperando el momento de atacarnos, sus dientes mostrándose llenos de rabia y con una baba negra y espesa saliendo de su boca, sus ojos completamente oscurecidos a tal punto que no podía distinguirse nada en ellos.

Poseida

Diana intentaba controlar a los bueyes, Sirail no podía reaccionar al estar aterrada por lo que estábamos viendo frente a nosotros, Taros se preparaba para el inminente ataque y yo tomando mi espada me puse a un lado de el para cubrirlo. Aun sin saber que era lo que estaba sucediendo, era fácil entender que nuestra compañera Merin Sorrier se había convertido en una amenaza para nosotros. La mediana dio un último grito de rabia y se arrojó embistiendo contra nosotros. Nuestras reacciones fueron instintivas y al ser luchadores experimentados ni siquiera la fuerza y velocidad sobrenatural que había adquirido nuestra sorpresiva adversaria podría superarnos. Un puñetazo en el abdomen y un corte preciso en el muslo derecho hicieron que la mediana retrocediera una gran distancia, trastabillando y perdiendo el equilibrio. No deseábamos que sucediera esto, solo queríamos neutralizarla y así poder salvar a la joven compañera con la cual habíamos compartido aquel extenso viaje.

Pero sin tiempo para lograr atraparla, vimos a Merin Sorrier caer por aquel enorme hueco hacia la profunda oscuridad que lo cubría, mientras ella gritaba aquella extraña palabra que habíamos escuchado desde el principio. Shogoot.

Fue inevitable para mí recordar al marinero que no pude rescatar, como así también sentir la misma angustia y culpa de haber presenciado la muerte de alguien que estaba cerca mío. Pero no tuve demasiado tiempo para lamentarme por lo que había ocurrido, ya que todas las sensaciones que tenía cambiaron abruptamente. Empecé sentir un fuerte dolor en el rostro, más concretamente en mi mejilla izquierda. Una sensación de dolor intenso y agudo, mezclado con constantes náuseas y espasmos, comencé a sentirme enfermo y debilitado.

Al mirar a mis compañeros, pude notar sus expresiones de temor e impacto por lo que me estaba sucediendo. En mi rostro podía notarse una extraña mancha negra como una herida, la cual empezaba a propagarse remarcando mis venas de un color oscuro y mi piel lentamente cambiaba a un tono grisáceo. En el fugaz encuentro que habíamos tenido con la mediana, una gota de saliva logro rosarme el rostro y la contaminación en mi cuerpo había comenzado rápidamente. No hacía falta mencionar que Taros, al haber sido mordido por Merin, estaba sufriendo síntomas iguales a los míos.

Sirail y Diana estupefactas por lo que nos estaba pasando apenas podían reaccionar, sobre todo mi esposa, la cual siempre ha tenido un profundo temor a todo lo que tuviera que ver con la nigromancia y la muerte viviente, algo que parecía que nos estaba afectando ahora.

Sabíamos que el tiempo con el que contábamos había disminuido drásticamente, por lo que usamos las fuerzas que teníamos para sobreponernos y avanzar por la oscura ciudadela intentando regresar sobre nuestros pasos hacia la salida de las minas enanas.

Caminamos al ritmo más veloz que podíamos mantener. Los bueyes aterrados e inquietos intentaban alejarse de mí y de Taros, él se veía mucho más concentrado y resistente ante la infección, o tal vez maldición, que empezaba a apoderarse de nuestros cuerpos. En mi caso, mi mente empezó a crear figuras en la oscuridad de los pasillos, mi visión a tornarse borrosa y distorsionar las imágenes que veía, el dolor que estaba sintiendo comenzó a extenderse por cada una de mis extremidades y la mancha en mi rostro empezaba a crecer y expandirse. Mi cuerpo comenzaba a tener ligeras convulsiones.

Mis pies se volvieron hacerse pesados y lentos, sentía que alguien me tomaba del hombro intentando que mantenga el paso, pero apenas y lograba distinguir la silueta de quien estaba enfrente mío cuando volteaba a ver. Y lamentablemente la situación, al igual que mi estado, no hacía más que empeorar. Aquella voz que había escuchado en mi experiencia en el barco, empezó a resonar en mi cabeza.

 “¿Recuerdas lo que te dije? Quiero tu sangre”

Al principio intente resistir y no prestarle atención mientras seguía caminando, pero las palabras se repetían sin cesar en mis oídos, comencé a sentir un enorme enfado. Estaba molesto por sentirme débil ante esta presencia maligna en ese momento.

¿Mi sangre? ¡¿De eso se trata?!”

Dije en voz alta enfrentando la obscuridad, con rabia y a la vez con miedo. No quería sentir lo que me estaba sucediendo, no quería sucumbir a esta infección y mucho menos rendirme ante esta presencia. Desenvaine mi espada y me adelante mientras mis compañeros por un momento se limitaron a verme.

“! ¿Qué esperas entonces?!

¡Estoy listo para ti cuando pienses enfrentarme!”

Gritaba a los grandes y oscuros salones, miraba el techo totalmente cubierto por las sombras, estaba furioso y al mismo tiempo mis brazos temblaban, mi grupo sentían miedo y preocupación al verme así y por unos momentos no se atrevieron a acercarse.

Aun así Taros fue el primero en dar un paso y tratar de explicarme que nuestro objetivo era salir cuanto antes de ese lugar maldito, no era momento de escuchar voces y que por nuestro bien debía esforzarme para seguir avanzando. Y aunque no fue un momento grato para ninguno de los allí presentes, finalmente logramos escapar de las tinieblas y ser recibidos por la luz y la blanca nieve que ofrecía el bosque.

Al escapar de aquella ciudadela, lo primero que encontramos fue un pequeño lago de agua helada pero que aún no llegaba a congelarse. Los demás intentaban recuperar el aliento, podía sentir que me hablaban e incluso que me intentaban refrescar mi cabeza con agua, pero el dolor que estaba sintiendo en el cuerpo me privaba de toda reacción a interacción otra cosa en mi entorno. Sabía que me hablaban, sabía que intentaban ayudarme pero yo no podía sentirlos, cubriéndome el rostro con mis manos, mi cuerpo temblaba y convulsionaba aún más, algo me invadía y sentía que estaba perdiendo el control de mí mismo.

Intente alejarme de todos para caer de rodillas mientras contenía aquel enfado, rabia, miedo e impotencia de saber que algo estaba venciendo mi ser, cerré mis ojos con fuerza mientras me arrastraba hacia la orilla del lago y pude ver mi reflejo en el agua. Aquella mancha grisácea cubría la mitad de mi rostro, y mi ojo izquierdo que estaba más cercano a la herida empezaba a ser cubierto por un color negro oscuro.

“Tienes que ser fuerte Hector, tienes que estar bien, por Torun… por mi”

Esas palabras fueron las únicas que escuche con claridad. Aquella frase logro darme fuerzas, comencé a entrar en razón, recordando a las personas por las que vivo y a las que debo proteger y por las cuales debo superar todo lo que se presente frente a mí. Gire mi cabeza en dirección a esa voz, y allí vi a mi esposa, con sus ojos preocupados y apenados.

Taros, lejos de darse por vencido, me ayudó a ponerme de pie una vez más, ya que debíamos seguir adelante, no podíamos rendirnos antes esta infección… o talvez maldición. No tardamos en darnos cuenta que la única esperanza que teníamos era recurrir a las fuerzas divinas.

Gracias a Diana y Sirail como guias, logramos atravesar el peligroso camino de Ondurgud casi sin ser vistos por ningún enemigo, llegando así hasta las Montañas Vhaldem. Intentamos evitar cualquier peligro o riesgo innecesario mientras caminábamos por la ya dificultosa nieve de montaña. Teniendo en cuenta nuestra condición, una batalla era lo último que necesitábamos, pero los dioses del caos y la muerte parecieran estar divirtiéndose con nosotros. La mala fortuna y los constantes cambios en los caminos nevados nos llevaron a toparnos con un campamento de exploradores orcos de las montañas.

Después del extenso viaje, y aún más en el estado en el que nos encontrábamos Taros y yo, nuestra salud era precaria. Agotados y debilitados las posibilidades de sobrevivir a ese encuentro eran muy bajas, pero si ese iba a ser el final que tendríamos que enfrentar, no lo haríamos siendo presa fácil. Taros, quien me había ayudado a caminar gran parte del viaje, se vio en la necesidad de dejarme en la nieve para poder enfrentar a los orcos, mientras Dianna usando las flechas que aun tenia de reserva, cubría a nuestro compañero.

 Exploradores Orcos

Sin intenciones de quedarme de brazos en esta situación, le implore a mi esposa a que me ayudara a levantarme al menos por el tiempo que durara la batalla.

Haciendo uso de sus energías, ella coloco sus manos en mi espalda, recitando palabras que muchas veces había escuchado de ella, y aunque desconozco sus significados exactos, podía reconocía de qué naturaleza eran. Solo así logre obtener fuerzas para levantarme nuevamente y ayudar a defendernos.

Al tomar mi espada, cargue de frente junto a Taros contra los orcos que aún seguían en pie, pero en ese momento algo extraño sucedió. Uno de nuestros enemigos se detuvo a mirarme fijamente un segundo antes de atacarnos. Asombrado y estático, pronunciaba las mismas palabras que habíamos escuchado en las ruinas enanas: Shogoot.

Inmediatamente todos los orcos alrededor nuestro dieron marcha atrás alejándose de nosotros, claramente dando por terminada la batalla. Solo podíamos escucharlos nombrar y gritar con sus carrasposas voces aquella extraña palabra.

Pero sin tiempo para preguntarnos el motivo de aquella retirada, nos dirigimos con nuestras últimas fuerzas hasta el templo de Thor en las cercanías del Riachuelo de Grimbor.

Al entrar en suelo sagrado dedicado al dios del Trueno, pudimos sentir un aire y energía limpios que comenzaban a invadirnos, o al menos ese era el efecto tal vez potenciado en mí ya maldecido cuerpo.

El gran sacerdote Alaron nos miró con sorpresa y preocupación, interrogándonos y cuestionando nuestro viaje al lugar en que nos habíamos metido, pero eso no hizo que nos negara su ayuda. Utilizando una daga con detalles y símbolos sagrados, realizó un pequeño corte formando una runa en el brazo de Taros, adyacente a la herida que había logrado dejarle la mediana. De este nuevo corte realizado por la daga, el líquido negro comenzó a brotar y a evaporarse al contacto con el aire. En cuanto a mí, al no tener más energía y encontrarme arrodillado en el suelo, Alaron dibujo un símbolo frente a mí con esa extraña daga, y acto seguido realizo una herida pequeña en mi rostro en forma de circulo. Lentamente pude sentir como aquel liquido negro brotaba y era expulsado de mí, mientras el dolor de mi cuerpo comenzaba a disiparse.

Mientras esto sucedía, Sirail hablaba con el sacerdote sobre lo ocurrido, mencionándole abiertamente la palabra Shogoot que tanto habíamos escuchado en nuestro viaje. Esta palabra desagrado totalmente a Alaron acusando a mi esposa de blasfema.

Taros y Dianna explicaron a Alaron el porqué de las intenciones de mi esposa al decir aquella palabra, pero que ninguno de nosotros entendía precisamente que era lo que esto significaba. El sacerdote compartió con nosotros el conocimiento de que este era un  nombre por el que se conocía a una antigua maldición que había asolado la región hace mucho tiempo, aunque también conocida en lengua común como “La Muerte Negra”.

Finalmente cuando aquel liquido negro y ponzoñoso dejo de brotar de nuestras heridas, tanto el estado de Taros como el mío logro normalizarse, más aun estábamos pálidos por el frio y el cansancio. Aunque mientras brotaban las últimas gotas de aquella sustancia maldita, también lo hicieron algunas pocas gotas del propio líquido vital que corre por mis venas, fue entonces cuando la voz regreso a mis oídos.

“¿Lo ves? Quieras o no, estas dándome tu sangre”

En ese momento  me invadió nuevamente aquel enfado y frustración, odiaba la idea de saber que una entidad de la que no sabía nada pudiera manipularme a su antojo y en los momentos que deseara hacerlo. Pero no podía y no puedo dejar las cosas así, si algo tenía que resolver, era como vencer mi propia debilidad antes que nada y así estar preparado para la próxima vez que deba enfrentar una situación similar.

Así fue como nuestro grupo, lamentándose por la pérdida de nuestra compañera Merin Sorrier, se dedicó a descansar y recuperarse de la experiencia que habíamos sufrido. Con muchas dudas e incertidumbres que aún no se han resuelto pero que tal vez en un futuro seamos capaces de descubrir.

 

Tiempos de calma: La fiesta en Karak Norn

 

La brisa pacifica del bosque, las hojas de los arboles cantan cuando se encuentran con el viento que las mece suavemente, algunos rayos de sol entran por la ventana y algunos son reflejados en el espejo de cobre y oro metálico que me empeño en cuidar. Me encuentro lustrando el peto de mi nueva armadura. Mi sonrisa formándose sola en mi rostro, mientras cada tanto con el rabillo del ojo veo a Torun que se durmió en unos almohadones cercanos con sus juguetes, mientras me observaba comenzar con la tarea.

Aun siento que me estoy asentado a esa obra maestra que había ganado en el sorteo. Cada batalla y entrenamiento con ella, me hace pensar más que fue una entrega de los dioses para mí. La  buena fortuna me había sonreído, pero aun así algo en mi interior sugería que había sido más que solo suerte y que podría ser dignó de esta armadura, como mi Maestro Moigan me dijo con sus ojos al entregarme aquel metal tan increíblemente trabajado.

Mientras mis pensamientos, recuerdos y preocupaciones llenan mi mente, percibo un reflejo ajeno en la armadura, una imagen deformada de alguien que no soy yo.

Antes de poder reaccionar por la sorpresa, puedo sentir unas estilizadas manos en mis hombros, en el toque suave de una mujer afectuosa.

"Debes sentirte tan orgulloso, mi Hermano...

Mereces esto querido Hector, Eres un guerrero digno y de un corazón tan  noble como el metal de Moigan. Y un espíritu igual de fuerte..." 

Puedo sentir su voz clara, su aliento, sus brazos rodeándome por la espalda en un abrazo, su mejilla apoyada sobre mí, tibia y apacible. Pude rosar sus manos con la mía por un instante.

“Tus padres, estarán realmente orgullosos..” 

En ese momento intento girarme para poder ver a esa persona, pero solo alcanzo a ver una figura en mi mente desvaneciéndose, con una sonrisa en los labios, su cabello negro y sus ojos azules. Una persona que me fue muy cercana a mi durante un momento muy difícil para ella, alguien que tenía su historia, sus secretos, sus motivos y sus acciones, ya fueran correctas o no. Una persona que conocí, que intente ponerme en su lugar para poder entenderla, pero no para justificarla ya que muchas ideas que teníamos eran diferentes. Pero aun así, era una persona al que le llegue a tener un enorme aprecio, pero no podía ayudarla ni defenderla en el camino que ella quería seguir. Y aunque intente cambiar su forma de pensar con todas mis fuerzas, para lograr disuadirla de algo que yo creía que fuera lo mejor, ella siempre se mantuvo firme en lo que deseaba.

Tyr es un dios de la justicia, y para mí la justicia es dar a cada individuo lo que ha de merecer en base a sus acciones pero, nunca he visto la muerte como primera opción de justicia contra los crímenes, no sin saber lo que hay detrás, los motivos y él porque del actuar de esas personas a las que se le condena.

El Clérigo Mayor Gorin Dorinor, sabia de mi amistad con ella, y claramente no la aprobaba por lo que esto implicaba, pero mi pensamiento era igual al de él en una cosa, que esta persona merecía al menos una última oportunidad de dejar de lado ese camino, aunque ella decidió otra cosa… y la justicia se hizo presente, aun con el dolor de perder a una amistad tan cercana, no podía hacer más y tuve que aceptar lo que debía suceder. Pero a pesar de todo, el alma que conocí seguirá siendo alguien importante para mí. Espero que estés mejor ahora donde te encuentres Calestai.

Poco tiempo había pasado desde el día que había perdido a esta persona, pero luego y por motivos que me eran ajenos, los enanos de Karak Norn comenzaron a trabajar arduamente día a día, desde el alba hasta el crepúsculo. Animados, con canciones de por medio y dispuestos a trabajar con sus picos y hachas. Día tras día y durante dos meses, trabajaron en las afueras del templo de Tyr, algo que note gradualmente en mis visitas a la región y al templo.

Y una vez transcurrido ese tiempo, un enorme cartel pegado en muchas zonas de Karak Norn anunciaba una gran “Cena de Gala” para celebrar la expansión del poblado de Asfalgen. Un evento extraordinariamente fuera común, al menos para mí, en los que asistirían muchas personas famosas de la región, incluyendo a las personas más importantes de la guardia, consejeros del rey, e incluso al mismísimo Rey de Karak Norn: Regrin Lútgehr.

Esta cena de gala tenía también como invitados especiales, a todos los herreros que residieran en las regiones de Karak Norn, así también como sus familiares y amigos. Y fue este último motivo por el cual yo también fui invitado a tan importante evento.

Nunca fui alguien que siquiera pensara en asistir en cosas tan formalmente organizadas y preparadas, con tantas figuras interesantes por conocer, siempre me ha sido más cómodo vestir una armadura en batalla que un atuendo formal en una cena,  pero sin duda alguna esta clase de situaciones no se iban a presentar siempre, por lo que me decidí presenciar la reunión.

Aun con los mayores deseos de viajar con mi familia, Sirail nunca se sintió ni se sentirá cómoda con las grandes aglomeraciones de gente, y teniendo en cuenta que nuestra pequeña hija Torun apenas y tenía dos años de edad, hubiera sido francamente difícil la participación de ambas en ese evento. Pero aun con la negativa, mi esposa estaba de acuerdo en que yo asistiera a tal encuentro por mi cuenta, e incluso preparó un traje especial para la ocasión, un traje que hacía mucho ya me había regalado pero que en pocas ocasiones he usado.

Así fue como haciendo uso de mis mejores modales y etiqueta, que aun asi son bastante limitadas a veces, me dirigí hacia el lugar donde sería la cena de gala, la famosa posada dentro de la ciudadela enana, “El Lecho de Piedra”.

Elegante 

Después de haber viajado desde Loren hasta Karak Norn, había aceptado que participaría en este evento sin compañía, pero por sorpresa y casualidad, me encontré con una persona dentro de la ciudad fortaleza, un amigo que tenía intenciones de participar en la cena: Taros.

Desde un comienzo, se notaba singularidad y la importancia de lo que estaba por pasar, ya que muchos enanos y personas de diferentes regiones se encontraban esperando para entrar a la posada con sus mejores atuendos. Es extraño para mi ver a tantos enanos con tales vestimentas pero aun así no se podía esperar menos ante la oportunidad de estar frente al Rey.

Poco antes de comenzar la cena nos encontramos con el famoso cantor Arcturus, un conocido de confianza, que incluso nos comentó que el mismo había sido el inversor de una gran suma de oro para poder llevar a cabo la expansión del poblado de Asfalgen, un gesto que considere bastante noble y desinteresado. Y finalmente los tres ingresamos por la puerta hacia el salón del evento.

La comida, los detalles elegantes y decoraciones, la formalidad y organización del evento desde un comienzo superaron mis expectativas ampliamente. Admitiendo que no me sentía tan cómodo en ese ambiente, debo decir que mi amigo Taros tuvo una noche aun peor con el incómodo traje que Arcturus le había comprado especialmente para la ceremonia. Sin duda aunque ambos tuviéramos las mejores intenciones de adaptarnos a ese ambiente, dos luchadores de costumbres y origines tan humildes difícilmente logramos contentar a todos los presentes con lo que a etiqueta se refiere.

Durante las primeras horas, el evento nos permitió acercarnos a conocer a los consejeros del rey de Karak Norn, un gran honor para nosotros. Aunque además de las grandes autoridades de la region, tambien pude encontrarme gratamente con otros conocidos como el teniente Legnar, el paladín Rezack, e incluso con mi propio maestro en la herrería Moigan. Este último, siendo el mejor herrero de Asgoria, nos comentó que en esta cena se haría un sorteo especial en el cual el premio  era una pieza de herrería especialmente forjada por sus propias manos. Si bien yo ya había escuchado rumores sobre ese asunto, que mi maestro lo remarcara me daba a entender que realmente se trataría de un objeto sumamente especial y con un valor inmensurable.

Llegado el momento más importante de la noche, todos los presentes buscaron sus respectivas mesas para luego dar lugar al discurso del Rey Regrin Lútgehr. El cual con gran orgullo por su pueblo y su gente, dio a conocer el nacimiento oficial de la nueva expansión de Asfalgen en las afueras del templo de Tyr. Esto era algo que no se hubiera podido lograr sin las personas que impulsaron aquel proyecto, y a los que trabajaron arduamente para llevarlo a cabo.

En ese momento Arcturus fue llamado a hablar con el Rey, y frente a todos los que estábamos allí presentes, el cantor fue nombrado Caballero Honorario del Templo de Tyr, desde entonces conocido como Sir Arcturus. Un título que, para muchos de los allí presentes, era merecido por aquel gesto de beneficiar a los ciudadanos de la region de Karak Norn. Aunque para ser honestos, ni siquiera sabía que el cantor era leal al mismo dios que yo sirvo, por eso me alegro bastante saber que tenía otro amigo con ideales similares a los míos.                     

Celebración

Al regresar a la mesa, donde también nos encontrábamos sentados Moigan y yo, Arcturus nos comentó sobre su idea de organizar un gremio o asociación de herreros en Karak Norn, una entidad que regulara los precios y las mercancías que se compran y venden con respecto a la herrería de la región. Algo que aceptamos y que posiblemente podría traer más beneficios al territorio enano.

La cena continuó entre charlas, risas, canciones y abundante comida que casi nunca había visto. Pero la cena alcanzo el punto más interesante cuando finalmente llegó el momento del gran sorteo, y por lo que me di cuenta, la gran mayoría de personas lo estaban esperando con mucha ansiedad.

Moigan Khargul  se dirigió al centro del salón y tomó la palabra, mientras otros dos herreros enanos colocaban a un lado, cubierto con un manto, el importante premio de que se sortearía esa misma noche. Y luego de un discurso de ceremonia se dio a revelar cuál era ese objeto.

Todos los que allí presentes quedamos asombrados ante la extraordinaria, llamativa y sin ninguna duda mejor armadura que Moigan había forjado hasta ese momento. Las personas normales apreciarían el simple aspecto de metal recubierto con un dorado llamativo, incrustaciones de gemas y placas de gran volumen. Pero los que sabíamos algo de herrería, solo teníamos que ver con detalle para notar que aquella armadura, era incluso más que una pieza de metal bonita.

El maestro herrero explicó que dicha armadura fue creada a partir del hierro más duro que se pudiera conseguir en las profundas minas de Mraganur, moldeada en los mejores hornos y yunques de Karak Norn y trabajada con los más raros materiales que hasta el día de hoy, muy pocas personas tienen conocimiento: “Los Endurecedores Reales”.

Aquella imponente armadura, se trataba del metal más duro de todo Asgoria conocido, y sin dudas estos detalles hicieron que más de uno quedara impresionado y cualquier guerrero propiamente dicho anhelara obtener esta pieza, incluyéndome.

En muchas cosas, me he considerado realmente afortunado y bendecido, hasta el día de hoy y aun con los pesares de todo lo que había vivido hasta ese momento, nunca hubo ninguna razón para no sentirme agradecido a los dioses y en especial a Tyr por haber guiado mi camino a lo que soy ahora. Pero en esta ocasión, realmente sucedió algo que no esperaba.

El sorteo consistía en un proceso simple, todas las sillas que se encontraban en el salón estaban enumeradas y por cada silla, existía un papel con un pequeño número escrito. Todos estos papeles se encontraban en una urna, y hasta aquí ya es fácil deducir cuál fue el numero del asiento ganador de aquel sorteo.

Cuando el consejero del rey que llegó a nuestra mesa, anunciando que el ganador de aquella armadura era el asiento número diecinueve, me invadió una profunda emoción y sorpresa tan repentinos, que apenas podía reaccionar y caminar hacia la armadura con la boca entreabierta.

Si bien reconozco la existencia de la suerte, esto era algo que sobrepasaba todo pensamiento al respecto. No podía pensar que fuera casualidad, tenía que haber un motivo, y hasta el día de hoy pienso que debe haber uno.

Al acercarme a Moigan, el simplemente me felicitó estrechando mi mano.

 

“Me alegra que seas tú Hector, estoy seguro de que demostraras ser digno de esta armadura”

 

Esas palabras desde entonces me han quedado grabadas en mi mente, y desde entonces he intentado e demostrarme a mí mismo y a los dioses que son verdad. Esta regalo para mi es más que buena fortuna, es una señal de que pronto necesitare de todas mis fuerza y habilidad, y de las mejores herramientas con las que pueda hacerme para enfrentar algo en un futuro, o tal vez para cumplir con un objetivo que el dios al que sirvo me revelara a su debido tiempo.

Aquel no solo fui el ganador de un sorteo, sino también de un cierto reconocimiento en las tierras enanas y en las lejanas montañas del Norte, ya que soy el portador de la “Armadura Legendaria”, tal vez la mejor armadura que se ha fabricado hasta el día de hoy.

Aun no sé cuáles serán los planes que los dioses tienen para mí, mi familia y para el Midgard. Cada día intento meditarlo y encontrar mi propia explicación para los sucesos que han acontecido hasta ahora. Pero aun así, debo ganarme el derecho a usar aquello que gane sin siquiera esperarlo, ya que la armadura por si sola solo es una herramienta, y la persona que debe valerse y aprovechar al máximo aquellas herramientas que tiene, es uno mismo.

Este pensamiento fue algo fue fui ganando con el tiempo que he viajado y luchado por sobrevivir desde el día en que deje Gadelica.

 

Mientras termino de lustrar la armadura, no puedo evitar pensar en lo que hubiera sido mi vida, si mis decisiones hubieran sido otras. Si en vez de seguir mis sueños y objetivos, me hubiera quedado en la ciudad del Oeste, junto con las personas que me trajeron al Midgard. Ellos siempre desearon que su único hijo fuera una persona honrada y tranquila, que valore la familia y el hogar por sobre las aventuras y el peligro, que fuera un fiel devoto a Heimdall como los clérigos de Gadelica así lo disponían, castigando a todo aquel que rezara abiertamente a otro dios. Y yo, a medida que pasaba el tiempo, no sentía que mis padres realmente me entendieran o siquiera toleraran mi forma de ser y pensar. Me empecé a sentir solo aun en el lugar en el que había nacido. Empecé a sentir, que realmente mis padres no estaban conmigo… y eso fue algo que vi similar en ella. Esta persona que ahora solo tengo en mi mente y mis recuerdos.

Ella también estaba sola en un principio, por razones distintas, pero también sabía lo que era sentirse en un mundo donde parece que no puedes contar con nadie, eso fue lo que me hizo sentir empatía, el querer conocerla y querer saber el porqué, de cómo así yo sentí la presencia de Tyr, ella sintió a Hela. El tiempo, las visitas y las charlas fueron haciendo que nuestras almas se acercaran y se entendieran, tal vez no concordaban, pero si podían interpretar lo que la otra sentía.

Al haber terminado el mantenimiento de la armadura, me acerco para tomar a Torun en brazos que esta aun dormida, le beso su frente y la llevo hasta su cama para descansar después de un largo día y por una vez más, escucho el susurro de Cali, visitándome otra vez:

 

"Yo estoy orgullosa, como lo está tu familia, disfruto verte tan feliz..."

 

 

Pensamientos, miedos y decisiones

 

El firmamento nocturno, despejado y lleno de cientos de estrellas. Los enormes arboles del bosque, erguidos y robustos mientras el viento incesante sacude sus hojas vigorosamente a la vez que estas resuenan en la noche. Lentamente la oscuridad del bosque es interrumpida por pequeños destellos de luz que comienzan a tornarse más y más brillantes, al mismo tiempo que una humeante y densa nube comienza a predominar en la escena. Acercándose hacia el  humo, las luces comienzan a distinguirse en llamas, las cuales danzan y se agitan al mismo tiempo consumen árboles, graneros, huertas y casas.

Se escucha el grito de personas aterradas, algunas huyen y otras tratan de defenderse con trinches, palas y azadones. Pero no es clara la imagen de lo que intenta defenderse, solo se distinguen sombras oscuras, agiles y veloces que se mueven casi tan ligeras como el viento, abrazando a los aldeanos y derribándolos en un instante, dejándoles marcas de garras y dientes.

En el suelo yacen cuerpos sin vida, algunos mutilados, otros quemados, y otros tantos putrefactos mientras una cantidad incontable de moscas comienzan a brotar de la descomposición. Un poblado entero quemándose, destruido por enemigos casi invisibles, por criaturas oscuras que nadie sabe de dónde vienen.

En medio del caos se distingue a una persona vestida con una armadura dorada resplandeciente y con una capa roja ondeando, algunos cuantos de los sobrevivientes a esta horrenda masacre se acercan al guerrero, buscando ayuda y protección ante esta calamidad.

El caballero carga en sus manos una pesada y filosa alabarda mientras observa a los civiles, los cuales le devuelven la mirada con esperanza de tener una oportunidad de salvarse. Pero esa esperanza que demostraban las expresiones de los pueblerinos pronto es desgarrada y desechada para volverse una expresión de pánico y terror frente a este hombre, el cual sin mediar palabras los ataca cortando limpiamente a cada individuo que este a su alcance.

Fuego

La multitud huye intentando salvarse pero no logran ir muy lejos, ya que son rápidamente alcanzados por los monstruos oscuros. Solo entonces se puede ver el rostro del caballero, los ceños fruncidos, los dientes apretados y expuestos con una constante baba oscura entre ellos, una expresión de ira y cólera absoluta, y sus ojos eclipsados por un oscuro color que denotan haber perdido toda la humanidad que este hombre había tenido en algún momento.

Abruptamente, la imagen se pierde y se reemplaza por un cuarto oscuro en el que apenas se logra distinguir la tenue luz de luna entrando por las ventanas. En la habitación hay muebles, juguetes, armaduras y otros tantos objetos apenas visibles en la oscuridad.

Mi respiración agitada y el sudor frio en mi frente, un producto del miedo de aquellas imágenes que, poco a poco empiezan a ser olvidadas cuando unos brazos intentan rodearme y calmarme. Mi esposa abrazándome y tratando alejar aquella sensación que estaba sufriendo, por una pesadilla. Una que comenzó a volverse más frecuente y prolongada, con distintos comienzos pero que siempre tenía el mismo desenlace: destrucción, muerte y desolación.

Con el tiempo, estas imágenes que invadían mi mente se convirtieron en preocupaciones y miedos de que todo esto fueran señales o premoniciones de un posible futuro, y al mismo tiempo de que este destino amenazara la vida de mis seres queridos. Todos los que han estado conmigo corrieron riesgos de ser atacados en las ocasiones pasadas en las que sufrí los contactos con demonios. Y lamentablemente, algunas personas pagaron con su vida el simple hecho de estar cerca mío, como le sucedió al marinero y a Merin Sorrer. Además de que no falto mucho para que mis amigos y mi esposa compartieran ese destino.

Por esta razón, y con gran pesar, junto a Sirail decidimos que la mejor forma de proteger a Torun seria en un sitio más seguro que nuestro hogar en el poblado de Loren.

Verael accedió a ayudarnos y llevar a nuestra hija a Arvandor Taure, donde la esencia y el antiguo poder del bosque elfico, junto con la protección de la familia Elastriel, sería un lugar mejor para mantener a salvo a Torun.

Aunque fue una decisión dura, pienso que es mejor mantener alejada a una persona que por ahora no puede defenderse sola, ya que me siento incapaz de garantizar su seguridad. Sin embargo, esto último es algo que no puedo dejar así. Desde que nuestra hija se separó de nosotros, me decidí a buscar una solución al demonio o los demonios que desde hace mucho me han perseguido y atacado.

Cada pista que pudiera aparecer, cada señal de criaturas extrañas que se mostrara en mis viajes, eran motivos suficientes para adentrarme en peligrosas búsquedas, con el objetivo de poder encontrar una forma de expulsar a estas esencias que me acechaban. Esto me llevo a varios de los lugares más inhóspitos y recónditos de todo asgoria. Desde las calurosas arenas del Sur, hasta las peligrosas y heladas estepas del Norte, desde los más profundos túneles y laberintos hasta los extensos mares. 

Viaje en barco

Mis búsquedas a estos lugares estuvieron acompañadas de  nuevos retos y criaturas peligrosas, pero siempre las he superado teniendo en mente una idea: encontrar una solución al problema original.

En este tiempo, he podido mejorar mis habilidades, pulir mis técnicas con las armas, así como también luchar eficazmente con enemigos más grandes y fuertes, y otros más agiles y rápidos. También he logrado acostumbrarme a este artefacto distintivo que llevo conmigo y que protege mi cuerpo de las heridas más mortales: La armadura legendaria

 Laberinto de minotauros

Poco a poco comencé a superar mayores retos, a veces por mi cuenta, pero muchas otras veces gracias a los que siempre me han apoyado y han enfrentado junto a mí los desafíos. Entre ellos destaca sin ninguna duda mi esposa, quien siempre me ha brindado energías, fuerzas y poderes que nunca podría ser capaz de obtener por mí mismo.

Me he fortalecido y vuelto más fuerte, he podido superar el límite que hay para muchos aventureros, guerreros y luchadores de este mundo, superar las fronteras y expectativas que tenia de mí mismo cuando abandone mi hogar en Gadelica.

Pero a pesar de todo, me di cuenta que toda la fuerza que he logrado obtener, no es suficiente. Aun me sigo sintiendo débil al saber que ni mis músculos, ni mis armas, ni todo el coraje que pueda tener en batalla puede hacer la diferencia contra las criaturas que realmente debo enfrentar, de las cuales no tengo el suficiente conocimiento. Aun me siento muy pequeño ante mis verdaderos enemigos, y eso es algo que no me deja vivir con tranquilidad.

Gigante de fuego

Los cientos de años que han vivido los elfos en el Midgard, sin duda los han hecho poseedores de muchos conocimientos antiguos desde sus vivencias y experiencias contra las calamidades de antaño, parte de estos conocimientos son con los que cuenta Sirail y más concretamente saberes  en el campo arcano. Si bien nunca he logrado entender de todo los conceptos que ella siempre ha intentado inculcar en mí, he podido entender las diferencias entre distintos lugares llamados “planos materiales”, y desde los cuales provienen muchas de las aberraciones que existen en este mundo. Pero incluso este conocimiento que posee mi esposa, y que de mucho me ha ayudado con el tiempo a reconocer un poco mejor cuando estoy en presencia de energías mágicas, aun así no me es suficiente para entender del todo el origen estas criaturas y de que planos provienen.

Ya pasado el tiempo, aun sin haber sido testigo de nuevas presencias de mis acechadores, adopte la costumbre de mantenerme en un constante estado de alerta, intentar fortalecer mi mente para poder estar listo en cualquier momento.

Y aunque si bien soy consciente de mi propia debilidad, mis esperanzas aún se sostienen considerando una última opción, pedir ayuda a individuos mejor preparados. Personas que dedican su vida casi por completo a exterminar todos los males que azoten el Midgard, a expulsar y erradicar cada presencia maligna sin importar de donde venga. Después de mucho tiempo y de buscar de muchas formas una solución, los dioses me han dejado ver que para seguir mí camino debo buscar la ayuda de La Orden del Circulo Divino.

Ya han pasado casi cuatro años desde la “Gran Catastrofe”, el “Gran Invierno”, el “Principio del Fin” o como quiera que se allá conocido. Y desde entonces me he visto en la necesidad de enfrentar situaciones en las que estuve a punto de perderlo todo, pero por alguna razón ninguna de esos momentos fue mi final. A veces pensaba que era fortuna, otras veces que simplemente no estaba escrito aun para mí, pero ahora pienso que los dioses han estado trascendiendo en mi vida en muchas de esas situaciones.

Me es muy difícil creer que todo esto no tiene ninguna conexión. Las cosas buenas y las malas tienen un vínculo que ha marcado un camino para mí, un camino que los dioses deben estar esperando que tome en su honor, y principalmente en honor al dios al que sirvo, un señor de justicia, el cual nunca ha dudado en dar todas sus fuerzas por el bienestar de todos los demás.

Estas reflexiones las he compartido con todos mis seres cercanos, con todos los que alguna vez hemos vivido esos peligros y que entienden como me siento y cuáles son mis objetivos. Como es el caso de mi amigo Taros, el cual fue el segundo,después de mi esposa, en enterarse del rumbo que estaba por tomar en mi vida.

Conversación 

Siempre he tenido fe en los dioses, y ahora pienso que la mejor decisión que puedo tomar es buscarlos a ellos y pedir su ayuda mediante las personas que los representan, mediante la Orden. Buscar el consejo, la enseñanza e incluso de ser necesario, el entrenamiento que necesito para enfrentar a los demonios que aun recorren con libertad por todo Asgoria.

No solo con el deseo de aprender a enfrentar mis miedos, sino con la intención de poder obtener una forma de proteger a mi familia, a mis amigos e incluso a todo el Midgard del problema que desde hace años se ha presentado. El dios Tyr me ha guiado y me ha ayudado hasta este punto de mi vida, a veces he fallado a su dogma, pero siempre he intentado volver a su senda y apegarme a ella lo más posible haciendo uso de mis habilidades, de la estrategia y el valor, pero en esta ocasión me he dado cuenta que necesito su ayuda. Es momento de quitar los ojos de mi sendero por un instante, voltear y arrodillarme ante mi dios, pidiendo de la forma más humilde que pueda, su favor para afrontar lo que vendrá más adelante.

Una petición y un nuevo rumbo

 

Hace ya muchos años que se creó la Orden del Circulo Divino. Esta organización fue fundada por los “Siete Inmaculados”, personas que con sus orígenes en distintas regiones de Asgoria y cada uno de ellas eran fieles sirvientes y devotos a alguno de estos siete de nuestros dioses: Odin, Thor, Tyr, Heimdall, Sif, Forseti y Frigga. Estos individuos unieron fuerzas para luchar contra los demonios que se encontraban en nuestro mundo en épocas pasadas y los sellaron en la antigua Escuela Hojaenhiesta. Desde aquel entonces decidieron permanecer juntos para enfrentarse contra todo mal que volviera a amenazar el Midgard.

Una organización como esta pronto se vio en la necesidad de establecerse en un lugar desde  el cual pudieran decidir y llevar a cabo cada misión, cada campaña, y cada acometida a realizar nombre de los dioses y la orden. Por esta razón se construyó una sede en las cercanías del bosque de Loren y la frontera de la ciudad imperial de Gadelica.

Naturalmente, el poblado de Loren, incluso mucho antes de que yo siquiera viviera en el lugar, ya era conocido por estar bajo la protección inmediata de la Orden del Circulo Divino. Y por este motivo, platicando con las personas de edad más avanzada del poblado, logre conseguir bastante de la información que he mencionado, y aún más importante: encontrar  el sendero que debía tomar para llegar hasta el lugar que buscaba.

Junto a Taros, quien se ofreció voluntariamente para acompañarme en este viaje, decidimos partir hacia el Oeste, siguiendo los caminos y adentrándonos en el extenso bosque.

El viaje no fue sencillo ni mucho menos corto. Nos topamos con distintas ermitaños que viven en los bosques, manadas de animales salvajes que defendían sus territorios, e incluso con grandes grupos de bandidos, los cuales siempre son un peligro incluso para los guerreros más experimentados. Pero con el rumbo fijo en nuestro mapa, finalmente logramos llegar hasta el límite occidental del bosque de Loren, siendo recibidos por un gran estandarte colocado en un puente de piedra: “Bienvenidos al Imperio de Gadelica”.

Jamás hubiera pensado que mi destino me traería tan cerca del lugar que había abandonado hace años, pero allí estábamos y no era el momento de retroceder o dudar.

Si bien nuestro camino se desviaba hacia el Norte, podíamos ver a la distancia el límite de la frontera de Gadelica junto a sus puestos de vigilancia patrullados por los centinelas a caballo de la ciudad imperial. Tratando de pasar desapercibidos, y después de  varias horas caminando paralelamente entre la frontera y el bosque de Loren, encontramos un cartel de piedra, decorado y detallado con letras claras: “Orden de Caballeros del Circulo Divino”

Desde que comenzamos el viaje a este lugar, sentía nervios y ansiedad en mi pecho, pero ahora que estábamos cerca de nuestro destino estas emociones empezaron a ser más difícil de controlar. Empezamos a distinguir un camino recto, con varios postes de madera perfectamente alineados, de los que se suspendían varios faroles para iluminar el camino.

Al continuar nuestro trayecto, pronto nos intercepto un hombre con una elegante armadura plateada en la cual se podían distinguir símbolos de la Orden, los mismos símbolos que había visto en la reunión secreta en el templo de Tyr hace años.

Este caballero, mirándonos con seriedad y atención, demostraba ser uno de los guardias que custodiaban el camino hacia el lugar que buscábamos, y sin ningún interés de ocultar nuestros motivos, Taros y yo le explicamos que nuestra intención era buscar ayuda con problemas que solo la orden podría resolver. Junto con esta explicación, y la entrega de nuestras armas, esta caballero nos escoltó durante el resto del camino sin decir mucho más.

Cuando era un niño, lo único que conocía de Gadelica y sus alrededores eran las granjas del poblado donde vivía, cabañas de madera casi en su totalidad, construcciones precarias que solo los que ya estábamos acostumbrados a esa vida podríamos considerar que eran lugares dignos de vivir y apreciar. Así que no fue difícil sorprenderme ante la imponente estatua de un caballero montado, ubicado en el centro de un abundantemente decorado y llamativo jardín, los cuales anticipaban la impresionante arquitectura que veríamos frente a nosotros.

La Orden

Arboles bien cuidados y dispuestos alrededor de una enorme estructura, de mayor tamaño que muchos de los templos que había visto alguna vez. Enormes ballestas de asedio que defendían cada tramo de un gran muro de roca sólida. Guardias acorazados con sus espadas, escudos y armadura, los vigilaban y recorrían las afueras con una postura disciplinada.

Todos estos detalles demostraban la seriedad e importancia del lugar en el que nos encontrábamos, un lugar sagrado que probablemente pocas personas han visto hasta ahora.

Nuestro escolta nos llevó hacia la entrada, la cual era celosamente vigilada por uno de sus camaradas. Este último caballero se presentó frente a nosotros como Sir Talmut Bail, y en él podía denotarse rasgos de sangre elfica. Siempre he tratado de ser respetuoso con las personas que por alguna u otra razón tenían un título importante, pero esta vez me fue algo difícil empezar a explicar cuáles eran mis motivos por los nervios ante la situación. Pero para mi suerte, como era de esperarse con la mayoría de los descendientes de los Vanires, Sir Talmut nos mostró un gesto amable y respetuoso, pero sin perder la seriedad de su posición. Esto fue lo que me dio la confianza para hablarle sobre los motivos que me habían traído hasta este lugar.

Aunque Taros para ese entonces se había vuelto para mí un amigo muy cercano, no pude serle honesto sobre lo que realmente deseaba lograr. Aunque tampoco estuve seguro de ello hasta que nos encontramos frente a la puerta de la Orden. Con respeto pero con seguridad en mi voz, solicité a Sir Talmut una audiencia con alguno de los altos sacerdotes de la Orden, ya que quería volverme parte de esta entidad.

Luego de explicar el porqué de nuestra presencia allí, y más precisamente la mía, el caballero nos permitió pasar la noche acampando en las afueras de la Orden, mientras él les comentaría a sus superiores de todo lo que habíamos hablado en ese momento.

A la mañana siguiente, en las primeras horas después del alba, nos encontramos en el patio frente a la entrada con un enano. Barba y cabello grisáceos, mirada seria y pensativa, y con una armadura que mostraba también algunos símbolos de la Orden y otros que lo distinguían como seguidor del mismo dios al que yo sirvo. Este enano nos recibió amigablemente, y se presentó ante nosotros como el Maestre Vikthor Richyzek, Justo de Tyr.

Después de saber esto, instantáneamente mostramos nuestros respetos frente a la persona que teníamos enfrente, aunque no podía ocultar la emoción que también sentía ante esa oportunidad. El Maestre hablo se mostró abierto a hablar con nosotros para darnos la bienvenida y platicar sobre nuestros motivos para con la Orden. Mi amigo volvió a cederme la palabra y con todos los detalles necesarios le expliqué a Vikthor sobre todo lo que había vivido hasta ese entonces.

Los demonios, nuestros viajes, mis sueños, las preocupaciones, las señales de los dioses y todo lo que había guardado en mí interior durante estos años,  el Maestre escuchó con atención mi solicitud de unirme a la Orden del Círculo Divino y mis motivos para entrar en ella.

Honestamente llegue a pensar que aquella petición podría hacer que el Maestre me tomara como un loco, tal que ni siquiera me vería como un asunto serio, pero a pesar de eso mantenía mis esperanzas mientras observaba a aquel enano acariciar sus barba, y este me devolvía una mirada pensativa. Poco después, nuestro anfitrión nos devolvió una amplia sonrisa para darnos su respuesta.

“Los desafíos que has superado, son prueba de tu valía hijo. Tyr seguramente te ha elegido”

Al escuchar eso, todos los nervios y ansiedad que sentía pronto se transformaron en emoción, tranquilidad y alegría. El gran Maestre estaba de acuerdo con mi intención de unirme a este organismo, pero antes de eso, tendría que cumplir una tarea.

Para volverme un caballero de la Orden, primero debía buscar y hablar con una persona muy importante para la misma, un hombre famoso por ser conocido como un “Cazador de Demonios”. Él podría ayudarme a entender más sobre mis enemigos, entender cuándo y dónde enfrentarlos y sobre todo como derrotarlos. Por lo que entendí, este hombre parecía ser la mano derecha del Maestre Vikthor, y se lo conocía como: Guhuk “El Temerario”.

Este último, se encontraba viajando en algún rincón de Asgoria, posiblemente investigando y enfrentando algunas de las amenazas que se encuentran en las sombras. Y era mi deber encontrarlo para poder hablar con él sobre mi interés de unirme a la orden.

Una vez conocida mi nueva misión, y contando desde entonces con la ayuda de Taros, nos retiramos agradeciendo al Maestre, para regresar poblado de Loren y prepararnos antes del viaje inminente que nos esperaba.

El cazador de demonios

 

Podía escucharse el aullido del viento mientras este recorría el extenso paramo helado en el que nos encontrábamos. Nuestra tienda ondeaba al recibir el fuerte impulso de la ventisca, golpeando ruidosamente una y otra vez… me despierto. Después de abrigarme me dispongo a salir del refugio  que habíamos montado y sentarme junto al fuego de la fogata. Mi esposa Sirail, que mantenía la guardia alta mientras yo descansaba, se dio vuelta para saludarme e informarme que todo seguía tranquilo, y que Taros había estado explorando los alrededores para cazar algún animal que pudiéramos aprovechar y alimentarnos.

Habían pasado varias semanas desde que llegamos hasta las llamadas “Estepas Heladas”, uno de los lugares más fríos, sino el peor, de todo Asgoria. Desde que partimos de la Orden con el objetivo de buscar a Guhuk, buscamos pistas sobre su paradero en distintos templos de la región de Karak Norn. Pero al no tener resultados en nuestra investigación, decidimos acercarnos al templo de Thor que está ubicado en las Montañas Vhaldem, cerca del Riachuelo Grimmbor. Este fue el mismo templo al que acudimos para librarnos de la maldición Shogoot.   Y aunque nuestro interés era lograr obtener algo de información en este lugar, por casualidad o por un designio de los dioses nos encontramos envueltos en una feroz batalla.

Una gran horda de orcos, de mayor tamaño que los que normalmente se ven en las montañas, estaba asediando el templo de Thor, atacando con sus mejores guerreros y hechiceros.

Los sacerdotes y guerreros del templo, se defendían de la constante oleada, acabando con decenas y cientos de orcos en cada encuentro, pero con los números de la batalla en contra, era solo cuestión de tiempo para que las fuerzas de los defensores se agotaran. Así que junto  a un grupo de aventureros, sumándonos Taros y yo, acudimos a la batalla a las orillas del riachuelo, ayudando a reforzar las filas de los guardianes del templo.

La batalla fue despiadada y extensa, los orcos atacaban con ferocidad en cada uno de sus avances, pero de nuestro lado contábamos con la suficiente fuerza para detenerlos. No pude contar cuantas cabezas y torsos de orcos corte con mi alabarda, pero un oponente entre ellos fue digno de mantenerse en mi memoria. Un gran orco blanco, el cual parecía estar liderando el ataque, se posiciono frente a mí mientras rugía con un potente grito de guerra. Desde hacía mucho tiempo que no me enfrentaba a un orco tan fuerte y resistente, capaz de bloquear mis ataques y devolverlos con una increíble velocidad a pesar de su gran tamaño. Nuestro encuentro fue reñido, si bien es verdad que cuando uno está ante una batalla a vida o muerte, la noción del tiempo es algo que pasa a un segundo plano, pero aun así puedo estar seguro que nuestra lucha duro más de lo que uno pudiera esperar. Durante el combate logre acertar mis ataques varias veces y realizar cortes profundos, pero aun así este adversario no pensaba rendirse. Más bien todo lo contrario, devolviéndome el gesto logro alcanzarme en numerosas ocasiones  rompiendo mi equilibrio y derribándome en la nieve. Pero en el instante en que sus soldados orcos empezaron a rodearme,  mis compañeros acudieron en mi ayuda en el frenesí de la batalla, derrotando a los orcos que defendían a su líder, para luego enfrentar a este terrible oponente con nuestras fuerzas en conjunto.

Este gran capataz orco demostró porque era el elegido para comandar aquel asedio, ya que incluso luchando en desventaja, logro darnos un combate digno de recordar, donde más de uno los defensores por poco terminamos cayendo.

Pero cuando el humo se disipo, la batalla había concluido y la victoria nos había sonreído ese día. Logramos defender y conservar el templo de Thor con éxito, y esto fue motivo de celebración evidentemente. Los sacerdotes nos agradecieron por ayudarlos en la lucha y fue entonces que un enano muy particular, el Sacerdote de Guerra Oghrem, nos comentó que a su compañero Guhuk le hubiera encantado luchar en esta batalla. Al ver nuestro interés en esa persona, Oghrem nos reveló a Taros y a mí que el Cazador de Demonios se encontraba en las Estepas Heladas, realizando una investigación junto a su grupo de caballeros de la Orden del Circulo Divino. Desde ese momento, nuestro viaje nos llevó a explorar este extenso lugar famoso por su clima heladamente hostil, así como también muchas de las intrincadas y peligrosas cuevas que podían encontrarse.

El viaje ya se había extendido mucho tiempo. Tormentas de nieve, enfrentamientos contra los yetis de las estepas, acampar durante las frías noches, esconderse en cuevas cuando los enemigos nos superaban, e intentar buscar algún rastro que diera con el paradero de Guhuk. Empecé a sentirme muy cansado y cada vez necesitaba mayor tiempo para recuperarme al dormir.

Taros regresó de su viaje con algo de carne de bisonte, mientras Sirail y yo recuperábamos calor junto a la fogata, aunque ella llevaba consigo artefactos que le permitían soportar mejor el frio.  No podíamos continuar nuestra exploración en zona salvaje por mucho más tiempo, nuestras fuerzas poco a poco menguaban.

Recordamos una antigua prisión, una que está escondida en las estepas, a la cual solían llevarse a los criminales más peligrosos que no podían mantenerse en Mraganur. Al meditar los tres sobre nuestra situación actual, decidimos que lo mejor sería acudir a ese lugar para poder recuperar energías, y tal vez allí encontrar alguna pista sobre la ubicación de l grupo que buscábamos.

Gracias a Taros y Sirail logramos encontrar el complicado camino hacia la prisión de las estepas, por lo que al llegar allí, y aclarando que no éramos enemigos de Mraganur, solicitamos asilo en el campamento montado en las afueras del lugar. Los guardias nos permitieron descansar el  tiempo necesario para recuperarnos de tan agotador viaje.

Al principio, no podía oír ni ver nada, estaba envuelto en una oscuridad tan profunda que ni siquiera lograba ver mis manos frente a mí. Intentaba hablar pero de mi garganta no se emitía sonido alguno, trataba tomar algún sendero pero todo estaba cubierto por las tinieblas. Repentinamente, al principio como un susurro, empecé a escuchar una voz femenina, una persona que repetía mí nombre una y otra vez. “Hector… Hector… Hector”. La voz ganaba fuerza, pero no podía distinguir de dónde provenía. Hasta que sorpresivamente, un par brazos me rodearon desde atrás abrazándome... “¡HECTOR!”

Pesadilla

Logre despertar de esta pesadilla, tomando mi espada para defenderme de forma instintiva, con mi respiración agitada y con sudor frió en mi cabeza. Lo único que pude ver fue el interior de la tienda donde estaba durmiendo, y a Taros ingresando a la misma para preguntarme si había tenido un mal sueño. Asentí a esas palabras y salimos para cenar cerca de la fogata junto a Sirail. Seguramente solo se trataría de una pesadilla de las tantas que he tenido.

Mientras cenábamos, uno de los guardias de la prisión se dispuso a conversar con nosotros y preguntarnos el motivo por el que habíamos llegado hasta allí, así que entre todos le explicamos sobre la persona o personas que estábamos buscando. Luego de una charla corta, este soldado nos aseguró que una mujer había llegado a la prisión con el mismo objetivo, encontrar a un grupo de caballeros que se hacían llamar “Templarios”, y los cuales habían visitado la prisión algunos días antes que nosotros.

Al oír esto comenzamos a observar con detenimiento entre las personas que había en el campamento, y confirmando las palabras del guardia, nos encontramos con una mujer bastante joven, una noble llamada Lady Lily Von Lash. La  mujer con un semblante de preocupación nos explicó que buscaba a un grupo de templarios que habían realizado una incursión en las estepas heladas. Pero el motivo real era que Lily buscaba a su prometido Sir Henryk, uno de los miembros de este grupo de templarios.

Desde un principio, mi esposa Sirail se encontraba inconforme con la presencia de esta mujer, ella en general desconfiaba de los extraños como siempre lo ha hecho. Pero en esta ocasión, teniendo en cuenta la necesidad que tenia de encontrar a Guhuk “El Temerario”, y por la coincidencia de que Lady Lily y nosotros buscábamos al mismo grupo de personas, decidimos que lo mejor sería unirnos a esta joven noble, quien conocía la ubicación de las personas que queríamos hallar. Aun así, debí haber escuchado más a mi esposa.

Una vez  recuperados y re-aprovisionados, nuestro grupo, ahora de cuatro personas, partió en busca de los templarios que deambulaban por los páramos helados del Norte. Desde un principio, la señorita Lady Lily nos sorprendió con su excelente conocimiento del terreno y su destacable soltura con el arco, haciéndome pensar que inútilmente le obsequie una daga para evitar que nuestra compañera viajara sin ninguna herramienta para defenderse.

Lily

El camino que atravesamos nos llevó varias horas, pero con energías y esperanzas renovadas, y con una pista mucho más clara, nos fue más sencillo soportar el helado clima y la constante nieve. Nuestro destino final al que nos guiaba Lady Lily, parecía ser el Valle Glaciar, un lugar donde normalmente se suelen encontrar enormes manadas de bisontes de distintos tamaños.

Al llegar a esta zona, notamos rápidamente que había algo distinto en el aire, se podía sentir un irritable olor a azufre, lo cual era claramente anormal. Al adentrarnos al Valle, nos topamos con una pila de bisontes que yacían sin vida en la nieve. Mutilados, heridos por grandes cortes como si los hubieran atacado con armas de gran tamaño y muy filosas. Además de estas heridas, muchos de los cuerpos mostraban signos de haber sido calcinados, lo que impuso más interrogantes sobre que o quien había atacado a estos animales. Mi esposa dolida derramaba lágrimas al ver tan horrendo escenario, por lo que intenté consolarla en un abrazo.

//Sonido de ambientación  https://www.youtube.com/watch?v=Ju_bCrY0nX4

Aunque estábamos preocupados e intrigados, no podíamos dejar las cosas como estaban, por lo que continuamos nuestro camino, internándonos en aquel valle y encontrando en cada paso  más restos de estas criaturas. Pronto comenzamos a escuchar ruidos a medida que avanzábamos. Estos ruidos eran cada vez más fuertes, y pronto comenzamos a  distinguir gritos, explosiones, el chillido del acero golpeando, claramente era el ferviente sonido de un combate. Nos apresuramos para conocer el origen de este bullicio y ante nosotros se presentó una imagen inquietante e increíble.

Una feroz batalla se estaba llevando a cabo entre dos bandos completamente diferentes. Un grupo de caballeros con armaduras, armas y escudos, portando el estandarte de la Orden del Circulo Divino, enfrentaban con fiereza y valentía a una gran legión de criaturas enormes y aberrantes, pero que a esta altura de nuestros viajes, nos eran conocidas. Garras y dientes afilados, mucho más grandes en tamaño que los caballeros, alados, de piel gris y con cuernos sobresaliendo de muchas zonas de su anatomía. Estas eran las mismísimas hordas del infierno.

Demonios

Aunque los caballeros osadamente mantenían un combate cerrado, sus fuerzas estaban en clara desventaja, por lo que no dudamos un instante en acudir en su ayuda. Taros usando toda su velocidad se adelantó para auxiliar a los templarios más cercanos, por mi parte también redoble mi ritmo, buscando un punto en el caos de la batalla donde mis armas inclinaran la la situación a nuestro favor. En plena carrera, ciento una cálida energía que atraviesa mi armadura, entrando por mi espalda y uniéndose a mí. Mis músculos se tensionan y crecen, mi sangre circula más rápido, mi arma empieza a brillar, mi piel comienza a recubrirse por una sólida capa de piedra, fortaleciéndome. Estas eran las energías de Sirail en mí, y no podía desaprovecharlas.

Comienza el combate… esquivo, golpe, tajo, bloqueo, quiebro, finta, todos los movimientos que he aprendido durante mis años de entrenamiento, cada paso cuidadosamente dado pero a la vez con naturalidad y experiencia, cada cobertura a mis aliados, cada giro de mi muñeca al maniobrar mi arma, cada ataque intentando acertarlo en el momento oportuno, concentrándolos al máximo posible en destruir a las criaturas que tenía enfrente.

Los golpes resuenan, las armas y escudos chocan contra las garras de las bestias que enfrentamos. Algunos hombres caen dando un último grito de guerra, otros continúan luchando hasta su último aliento, Taros y yo nos encontramos en el centro del campo de batalla, varios demonios se abalanzan sobre nosotros. Bloqueo, giro, estocadas, puñetazos, patadas y piruetas, algún rasguño en nuestras vestimentas, y varias alas y garras desmembradas en el suelo. Luchamos utilizando toda nuestra habilidad, todas nuestras fuerzas y estrategias. Ataques combinados, Taros salta impulsándose sobre mi espalda para lograr dar una gran patada aplastando los resistentes cuerpos de nuestros enemigos. Flechas certeras vuelan en nuestra dirección, varias de ellas rosándonos apenas la piel, para luego impactar de lleno en los demonios, mi esposa Sirail cubriéndonos.

Batalla 

Nos reagrupamos con los templarios que aún quedaban en pie, preparados para la última acometida de los demonios que aún nos superaban en número. Estos monstruos se arrojaron sobre nosotros utilizando sus alas para atacarnos desde los cielos, pero en ese instante, una explosión de fuego los destruye reduciéndolos a carbón que cae en pedazos sobre la nieve. Inmediatamente voltee para ver a Lily y Sirail, y allí pude ver a mi esposa, con su brazo derecho extendido y la palma abierta, sus dedos humeantes y su respiración algo agitada, producto del desgaste de energía. Asentí con la cabeza en dirección a ella para mostrarle mi agradecimiento.

Pero el combate aún no había terminado ya un caballero exhausto alzó su espada gritando que en la cima de la colina quedaba otro enemigo por vencer, poco después descubrimos que el hombre que nos alertó sobre esto se trataba de Sir Henryk.

Taros y yo nos apresuramos en avanzar colina arriba, pero mi compañero rápidamente tomo la delantera por su agilidad y la ligereza de los atuendos que cargaba, mientras que Sirail y Lady Lily decidieron  ayudar a heridos del reciente combate.

A medida que subíamos, pudimos escuchar nuevamente el sonido de dos armas chocando, pero esta vez el sonido era más definido y menos constante, en la cima de la colina se estaba llevando un combate individual. Llegando a la cima, se podía ver a un caballero siendo atacado por un gigantesco demonio con una espada de gran volumen, al menos de diez pies de largo. El hombre se encontraba mal herido, exhausto, con su armadura llena de sangre tanto propia como de su enemigo. Aquel terrible oponente tenía por cabeza un cráneo desnudo de gran con cuernos, ojos que brillaban como el fuego, alas esqueléticas y una terrible aura de oscuridad pura. Pero al mismo tiempo, el monstruo mostraba incontables marcas de heridas y sangre oscura en su piel.

De esta forma, el caballero mantenía el encuentro con su adversario de uno a uno, por momentos superándolo en la lucha y arrinconando al demonio en un precipicio. Mientras nosotros estábamos cada vez más próximos a la cima. Taros aún más cerca que yo.

El demonio que veía cerca su fin, con su voz resonante y pesada declaro que no había forma de que nosotros ganemos, ya que “ellos” son muchos más que nosotros y siempre lo serán. Y ante estas palabras, el guerrero levantó su espada y respondió que nosotros tenemos algo que ellos no, el apoyo de nuestros dioses que nos ayudaran mientras protejamos el Midgard.

En ese instante, el caballero comenzó a pedir ayuda al dios de la Justicia, mientras su espada comenzaba a brillar y cubrirse por un aura blanca. Al mismo tiempo, su enemigo comenzó a recitar oscuras y tenebrosas palabras que, aunque no pude reconocer, sabía que no podría ser nada bueno. No estábamos lo suficientemente cerca para intervenir, pero en un instante, Taros había desaparecido por completo de mi visión.

Señor del Abismo

Cuando alcance la cima, logre ver al demonio al borde de la cumbre, acostado en el suelo intentando levantarse, mientras el monje intentaba contenerlo. Esa fue la oportunidad que el caballero aprovecho para bajar su espada bendecida por el favor de Tyr y destruir de una vez por todas a aquel monstruo, el cual cayo por el acantilado consumiéndose en fuego y sus restos se desintegraron al golpear el suelo.

El hombre que había expulsado tal mal, no era otro que Guhuk “El temerario”, el cual se desplomo en la nieve a causa de las heridas que había recibido en esa gran hazaña. Taros decidió bajar la colina para asistir a los demás guerreros que agonizaban, mientras que yo hice uso de todos mis recursos y herramientas para salvar la vida del Temerario.

El hombre llevaba consigo los símbolos de la Orden y del dios Tyr, una persona de edad veterana y con uno de sus ojos completamente blanco, perdido posiblemente en una de sus muchas batallas. Sus heridas eran abundantes y muchas de ellas de gravedad, pero los años en los que he visto, causado, recibido y curado heridas en el campo de batalla me han vuelto diestro a la hora de estabilizar a alguien, aun cuando esta persona está al borde de la muerte.

Mi esposa se acercó para asistirme, disolviendo mi piel de piedra, y ayudándome a tratar las heridas del temerario, aunque también tuvo que darme la amarga noticia de que Sir Hernyk había muerto de una manera muy extraña. Debí haberla escuchado… pero estaba concentrado en evitar que los demonios se cobraran a otra víctima.

Aunque no fue fácil, pero finalmente y después de usar todos los artefactos curativos que teníamos con nosotros, logramos sacar de peligro a Guhuk. Lamentablemente, muchos de los hombres que lucharon junto con él no tuvieron esa suerte, ya que varios de ellos habían dejado su último aliento en esta gran batalla, y las Valkirias seguramente los habían guiado al Valhalla. La guerra, ya sea contra personas, bestias o incluso contra demonios, siempre deja la misma imagen al final.

Sorprendentemente, la fortaleza de Guhuk le permitió recuperar el sentido y abrir sus ojos, y aunque sus heridas seguían siendo graves, el hombre me pidió ayuda para levantarse, agradeciéndome a mí y a mis camaradas por haber luchado junto a ellos. Aunque mi intención era ayudarlo a caminar, una vez de pie, el me pidió que me apartara unos pasos.

En muchas ocasiones, he visto a los clérigos arrodillarse para rezar durante horas frente a las estatuas del dios al que siguen. Su devoción y su fe constantes, hasta donde puedo entender, son recompensadas por los dioses con los favores que luego utilizan de la mejor forma posible para cumplir con los mandatos de esa deidad. Pero esta vez, fue algo distinto.

Guhuk agradeció en voz alta por la victoria a nuestro dios, dedicando palabras en su honor y honrando a las almas que habían partido. Fue en ese entonces cuando una luz brillante y segadora rodeó al caballero cubriéndolo por completo. Cuando su imagen volvió a distinguirse, sus heridas habían sanado por completo, y no había una sola señal de dolor o molestia en él. Tyr había escuchado las palabras del temerario así como también había visto esta gran batalla, por lo que el dios de la justicia decidió ayudar a Guhuk a sobrevivir para poder luchar otro día.

Los caidos

Cuando nos encontramos con los demás, Lady Lily se encontraba llorando sin consuelo frente al cadáver Sir Henryk, maldiciendo a los dioses, a la incursión, y al mismo Guhuk por su perdida. Nadie dijo nada por respeto a la mujer, pero Sirail se mantenía distante, con una expresión de duda e inseguridad ante este asunto. Buscamos y ayudamos a los heridos, luego recuperamos los cuerpos de los caídos en batalla. Decidimos que la mejor forma de honrar a los fallecidos en combate sería un entierro digno en un mejor lugar que este remoto y olvidado suelo helado, por lo que Taros y Guhuk partieron rumbo a la prisión de las estepas, para solicitar varios bueyes de carga con los que pudiéramos llevar a los victoriosos caídos

Sirail, explorando el valle, encontró una cueva que los sobrevivientes podríamos usar para descansar.

La cueva era húmeda y oscura, pero espaciosa y cómoda para nosotros. Preparando una fogata de buen tamaño y disponiendo atentamente de los heridos para mantenerlos a salvo, el lugar se había vuelto un buen refugio. Mi esposa y yo tratábamos de consolarnos mutuamente, calmando nuestros miedos, quitándonos aquellas imágenes de la batalla, tratando de mantenernos fuertes. Lady Lily, por su parte no paró de llorar a un lado de la fogata hasta dormirse.

 Cuevas

Estábamos agotados por el viaje, la batalla, el frio y hostil clima. Todo esto había mermado nuestras energías, pero no podíamos bajar la guardia ni siquiera en esa cueva en la que nos resguardábamos. Junto a Sirail decidimos montar guardia por turnos, y ella fue quien comenzó siendo la primera centinela, así yo podría recuperar fuerzas. Durante ese tiempo, mi cuerpo se volvió pesado, si bien soy un hombre acostumbrado a los viajes y las arduas y extenuantes aventuras, esta vez todo lo que había pasado me hacía sentir mucho más fatigado de lo que normalmente suelo sentirme. No fue difícil quedarme dormido.

Oscuridad y silencio… luego un susurro, me nombran, me buscan, y dos brazos se aferran a mi tan repentinamente que el sobresalto hace que me despierte con sudor en mi frente y mi respiración agitada, casi sin darme cuenta ya habían pasado varias horas desde que cerré mis ojos. Sirail se acercó a mí para acariciar mi mejilla y tranquilizarme. Aun me sentía cansado pero mi esposa necesitaba al igual que yo unas cuantas horas para sentarse y recuperar sus energias, por lo que con gusto la reemplace en la guardia, dispuesto a cumplir con mi deber de proteger a todos los que estábamos allí.

Las horas transcurrían, fuera de la cueva la oscuridad de la noche finalmente había llegado, el aire estaba tranquilo y la nieve muy lentamente caía del cielo, los heridos a veces se quejaban y por esto revisaba sus heridas, les bridaba agua y luego volvía a custodiar la entrada de la cueva. Aunque había dormido bastante tiempo, extrañamente mis ojos se cerraban, mi cuerpo se sentía lento y pesado, pero mi deber y responsabilidad me mantenían despierto. Casi sin darme cuenta, Lady Lily apareció junto a mí, sonriéndome mientras me observaba durante mi turno de guardia. Charlamos un poco, y ella me comento sobre su prometido Sir Henryk, su deber en la Orden y como siempre era el primero en asistir a cada viaje de esta índole. Al parecer, la joven recordaba mucho de amado en mí. La charla continúo durante un rato, hasta que finalmente, Lily se acercó con lágrimas en sus ojos y una leve sonrisa. Se paró frente a mí, para rodearme con sus brazos durante unos momentos, algo que yo correspondí abrazándola también. En ese momento, mi vista comenzó a tornarse más oscura, había perdido toda su fuerza, me desplomaba, y lo último que supe, fue que ese cansancio y sueño volvían a apoderarse de mí mientras mi cuerpo terminaba en el suelo.

Al despertar, mi esposa estaba al lado mío, junto con su guardián familiar Mef. No sabía lo que había sucedido, solo me sentí irresponsable y culpable por haberme quedado dormido cuando tenía que defender a mi esposa y a los demás. Un dolor casi insoportable provenia de mi antebrazo, y al observarlo con detalle note que llevaba una herida que había sido cauterizada. Mi esposa me explico que esa mujer, Lily, era una impostora que nos había engañado desde el principio. Y que aprovechando ese momento me atacó haciéndome caer inconsciente, pero que ahora estaba a salvo.

Desde un principio Sirail sabía que algo estaba mal, que algo extraño emanaba de esa mujer, debí haberla escuchado, tendría que haberle prestado más atención, y algo me hizo sentir que por la falta de fe en mi esposa, podría haber perdido la vida. Pero al mismo tiempo, sentía seguridad y calma, al saber que ella estaba a mi lado y que aunque mi deber es protegerla, ella también se encarga de protegerme a mí. Me siento honrado de tener a una persona como ella a mi lado, y debo respetarla y demostrárselo más seguido.

A la mañana siguiente, Taros y Guhuk regresaron con los bueyes que necesitábamos para nuestra tarea. Pero antes que nada, mi esposa le comentó al templario sobre lo que había ocurrido. Sorprendido por esta situación, el cazador de demonios nos dio a entender, que lo que nos había atacado fue una “Súcubo”, un demonio que suele adoptar la forma de una persona, un demonio del deseo. Al escuchar esta explicación, me sentí aún más aliviado de saber que Sirail estaba conmigo en ese momento, y sin importar como ocurrió, ella me había salvado probablemente de que mi alma fuera tomada por aquella mujer.

Reencuentro

Pero aun así, no podíamos permitirnos quedarnos allí, ya que el Temerario nos explicó que los súcubos, casi siempre que eligen una víctima, usualmente les transmiten sueños extraños y perturbadores como un aviso de que los están acechando, y cuando comienzan a hacerlo, nunca dejan huir a esa persona. Por este motivo, Sirail, Taros y yo acompañamos al templario con el resto de los suyos, decididos a regresar a la Orden, solo en ese lugar podríamos descansar tranquilos, y solo allí podríamos intentar buscar una solución a este nuevo problema que se ha había presentado. Además, aún tenía que hablar con Guhuk sobre algo más, mis motivos que  me habían traído en su búsqueda desde el principio, motivos que me tome la libertad de explicar durante todo el viaje de regreso a Loren y a la Orden del Circulo Divino.

 

 

 

*En esta misma página del libro, luego de un gran tramo en blanco, la caligrafía cambia notablemente. Otra persona ha escrito el siguiente texto aparte*

Un extraño cansancio me invadió, algo que jamás un elfo habría sentido, algo semejante al sueño, algo mágico que intentaba cerrar mis ojos, pero que no contaba con que los elfos tenemos una resistencia divina que nos obsequió Freya y así resistí aquella magia de mal. Advirtiendo que mi esposo estaba en peligro, le vi abrazado a aquella desconocida, aquella mujer que sospechaba desde un principio de sus falsas intenciones en nuestro viaje. Una emoción de celo me invadió y a la vez de impotencia, por un instante pensé que mi propiedad más preciada insolentaba nuestros sagrados votos de matrimonio; sin embargo cuando le vi caer al suelo y noté que aquella mujer cortaba el brazo de Héctor, la cólera me invadió por desear proteger lo que es mío y hacerle entender que nadie debería de tocarlo sin mí consentimiento. Con pesadez di un paso adelante y ella desapareció instantáneamente, algo me paralizo por un instante y entonces la verdadera forma se hizo presente, primero sonriendo como aquella mujer patética, para desaparecer y volver en forma real, algo similar a un súcubo, aquella mujer en un traje erótico y unas horrendas alas desgarradas y destrozadas sin brillo, para nuevamente desaparecer y dejar un ambiente desolado e inquieto de inseguridades.

Después de afirmar que mis sospechas eran realmente ciertas, sin desesperación, llame desde los planos inferiores a mi fiel compañero Mef, un perro de fuego el cual ordene vigilar y buscar por la presencia aberrante, mientras yo revisaba el estado de mi esposo, estaba dormido y su muñeca tenía una herida, como un tajo abierto que aún secretaba sangre. Mande a Mef a lamer la herida para sellarla mientras yo hacía presión para unir la piel del corte, así conseguí que Mef cauterizara la herida, me levante para buscar algunas mantas con las que cubrirle y con tranquilidad (porque mi compañero canino protegería a Héctor) me distraje de él y dirigí mis pasos hasta uno de los soldados sobrevivientes del Circulo Divino, estaba en un estado lamentable, pero sentir mi imponente presencia le hizo despertar, cruzamos algunas palabras poco relevantes que sólo me hacían resaltar lo patéticos que pueden lucir los humanos después de tanta barbaridad…

La Súcubo

 

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